El hombre del traje de monstruo


Se murió esta semana Haruo Nakajima, el señor que había dentro del traje de Godzilla, aquel entrañable monstruo del cine de ciencia-ficción japonés. Se ha ido un 7 de agosto, un día después del aniversario de la bomba atómica de Hiroshima y dos días antes del aniversario de Nagasaki. Me fijo en ese detalle porque este hombre encarnaba una metáfora. Godzilla -o Gojira, como se lo conocía en Japón- simbolizaba a su manera el miedo nuclear, el trauma de la radiación sublimado en forma de entretenimiento. El argumento era este: Godzilla es un saurio que vive tranquilo desde hace millones de años en una fosa marina, hasta que una prueba atómica le hace mutar en un bicho de 60.000 toneladas cuyo aliento es incendiario y radiactivo a la vez, y que se entretiene pisoteando ciudades con sus patas (que en unas películas presentan tres dedos y en otras, por alguna razón, solo dos). Pero la ciencia-ficción solo estaba en los detalles. La idea le había venido a su creador, Ishiro Honda, a raíz de un incidente ocurrido en marzo de 1954, cuando un barco de pesca japonés se vio afectado por la radiación de las pruebas nucleares del atolón de Bikini. De hecho, las alusiones eran tan directas que para la versión norteamericana se sustituyeron veinte minutos de metraje y se eliminaron las referencias a la bomba atómica. El año anterior había terminado -o más bien se había interrumpido- la guerra de Corea, en la que se llegó a contemplar seriamente el uso del arma atómica. Era un asunto delicado. Mientras tanto, el Japón en el que nació Godzilla era aún el de la posguerra. Era difícil encontrar caucho o látex, y el traje de monstruo hubo que hacerlo de tela y hormigón premezclado. Pesaba unos 90 kilos. En su interior, Nakajima soportaba temperaturas de 40 grados. Él decía que para construir su personaje se había pasado tardes en el zoo del parque Ueno de Tokio, estudiando los movimientos de los elefantes y los osos. Al fin y al cabo, era un actor del método, un antiguo secundario de Kurosawa. Pero la verdad es que Godzilla no se mueve como un oso, y menos aún como un elefante, sino como un tipo que se asa dentro de un traje de cemento; lo cual, al final, es mucho más espeluznante. En una de las películas incluso se ve como el traje se le incendia de verdad y el actor sacude los brazos tratando de apagar el fuego. A mí me conmueve la historia de este hombre que se pasó veinte años enfundándose un traje de monstruo para aplastar maquetas de Tokio en el sótano de los estudios Toho, como quien se va a la vendimia a pisar uva. Lo vi de niño en el cine en Lugo, en una de aquellas sesiones de los sábados en las que anunciaban una película y ponían otra; y como era pequeño, me quedé solo con aspectos menores de la trama, como el hecho de que el monstruo comía pescado, que a mí no me gustaba. El terror nuclear se había atenuado ya, y en las siguientes películas de la serie Godzilla se fue haciendo más empático, hasta convertirse en un defensor de la raza humana. Los miedos, cuando no se materializan, envejecen y se acaban convirtiendo incluso en nostalgias. A veces vuelven. Haruo Nakajima se ha muerto en el aniversario de Hiroshima y Nagasaki, pero también justo en los días en los que aquel miedo a un apocalipsis nuclear, que parecía ya enterrado y olvidado, ha vuelto a asomar en los titulares de prensa a causa de la crisis entre Corea del Norte y Estados Unidos. Quién sabe si el hombre del traje de monstruo temía que, de quedarse más tiempo por aquí, acabaría encontrándose cara a cara con su otro yo, los dos frente a frente, la realidad y la ficción, el miedo y su sombra.

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