Bizcochitos

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A veces una noticia pone las cosas en su sitio. Pasó el jueves con el bizcocho de 106 años que apareció en la Antártida. Sugería algo del punto de partida de Trapped, la serie ambientada en una isla al norte del norte de Islandia. Hace tanto frío, que nada se corrompe. Ni los cuerpos ni las bacterias. Ni lo que queremos retener ni lo que queremos olvidar. Un mundo con el pasado congelado que se va acumulando de manera insoportable. Un lugar insólito para la humanidad domesticado gracias a una norma inquietante: nada puede ser enterrado en la isla. El peso de la muerte sería insoportable. Así que todo lo que fenece es enviado al continente. Aquí toleramos tanta expiración porque la parca se va disolviendo en el aire, en el polvo en el que me convertiré, pero si la corrupción no se nos comiera nos ahogaríamos en un everest de cadáveres. O de bizcochitos de 106 años como el que apareció en la Antártida. Tanta frustración por perder cada día la batalla contra el tiempo y se cuela en primera un pastelito de frutas que ha permanecido impertérrito durante más de un siglo. La expedición que lo llevó sucumbió hace tiempo pero ese bizcocho continúa ahí, desafiante y comestible. Se mantuvo firme mientras fuera se sucedían las guerras y los avances científicos y las historias de amor y las injusticias y todo parecía cambiar muy rápido. Del bizcocho supimos el día de las bravatas que intercambiaron esos dos tipos, Donald y Kim. «¡A que te tiro un misil, a que te tiro dos!», vociferan... La presencia del pastel y su pertinaz supervivencia hace más absurdas las fanfarronadas de estos dos sujetos a los que sobrevivirá un humilde bizcochito de frutas que un día llevó un aventurero al mundo congelado de la Antártida.

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