El independentismo no asusta a nadie


Puede que se trate solo de la calma que precede a la tempestad, pero hay algo extraño en el hecho de que, a menos de 60 días del que probablemente sea el mayor conflicto al que se ha enfrentado España desde la Guerra Civil, a la inmensa mayoría de los españoles parezca preocuparles muy poco el referendo, el procés, la independencia de Cataluña o como quieran llamarlo. El veraneante hojea la prensa mientras degusta su caña de cerveza y su platito de gambas terciadas. Lee tremendos titulares sobre la cuestión, pero cuando aguza el oído, o cuando pega la hebra con algún parroquiano, lo que sale es Neymar, el clan de los Villar y hasta el lumbago de Rajoy. Pero del procés, nada.

Cuando uno empieza a sentir ya hasta vergüenza y remordimiento por no estar al borde del infarto con la amenaza de secesión y el referendo fantasma, el CIS sale a su rescate informándole de que el asunto catalán solo preocupa a un 2,6 % de los españoles. Y eso, teniendo en cuenta que hace tres meses solo eran un 1,6 % los que incluían el tema entre sus preocupaciones. Si no fuera porque la cosa no es para tomarla a broma, daría risa ver cómo en Cataluña una minoría fanatizada se esfuerza en llamar la atención vociferando de forma cada día más agresiva y elevando el salvajismo de sus provocaciones a medida que se acerca el referendo, sin conseguir que nadie les dé una respuesta que vaya más allá de señalar la estupidez de su discurso y lo troglodítico de sus actos.

«¿Es que no se enteran de que nos vamos a independizar?» «¡Exigimos crispación!», parecen decirnos. Pero no. «¡Vamos a declarar la independencia unilateral el 2 de octubre!». «¡Vamos a acabar con el turismo!». «¡Vamos a expropiar casas, hoteles, yates, restaurantes y parques de atracciones!». «¡España es la culpable del caos del aeropuerto de El Prat!». «¡Vamos a ciscarnos en todo lo que diga el Tribunal Constitucional!». «¡España nos roba!». Y nada, oye. No hay manera de pasar del 2,6 % de preocupación por el tema, teniendo en cuenta que en ese porcentaje está incluida la opinión de todos los catalanes.

La hartura del ciudadano medio con la cuestión no es de extrañar si se tiene en cuenta que, a la monserga que nos endilga desde hace años el independentismo fetén, se suma el PSOE montando un cristo, precisamente ahora, con su nación de naciones, o Podemos, que en otro alarde de coherencia defiende el derecho a decidir de los catalanes, pero niega a su militancia en Cataluña el derecho a decidir su posición en Cataluña.

Yo confieso que todavía a estas alturas ignoro qué es lo que va a suceder el 1 de octubre. Pero tengo la impresión de que, mientras unos pocos aguardan esa fecha como si fuera el nacedero de la historia, la inmensa mayoría no apuesta un duro a que Cataluña se vaya a separar de España el 2 de octubre y solo espera que llegue ese día de una vez para pasar página y ponernos al lío con esas minucias de la crisis, el paro, la educación o la corrupción. Es decir, que más que por otra cosa, el independentismo puede acabar fracasando por pesado.

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