A la cárcel (y que no salgan)


Hace treinta años y un mes, mi pueblo había sido portada de todos los noticiarios. A pocos kilómetros de Verín, un autobús se despeñó montaña abajo dejando decenas de personas fallecidas. Ayer regresamos a las primeras páginas de los diarios y a encabezar los informativos de radio y televisión. Incluso fuimos tendencia nacional en las redes sociales. Era escribir la palabra Verín en cualquier buscador y se echaban sobre ti las malas noticias, como tachuelas del cielo. Por eso escribo este artículo. Porque mi tierra merece ser portada por su belleza, esa que Otero Pedrayo denominó «Partenón de los valles galaicos», y por sus gentes, que son humildes y generalmente buenas. 

En Verín se imprimió el primer libro de Galicia y fue cuna balnearia para España y buena parte de Europa. Es tierra culta, y cuando no había donde estudiar en toda Galicia, aquí disfrutábamos de tres órdenes religiosas impartiendo enseñanzas de calidad. Hasta se habló de edificar en el valle una universidad pareja a la de Compostela. También tenemos uno de los mejores vinos blancos del mundo, yo lo digo a menudo, y allá dónde voy presumo de tal condición. Un modista universal, Roberto Verino, edificó desde aquí su factoría de talento y alta estética. Y desde un altozano nos observa el que para mí es el castillo más hermoso de la península, cofre de leyendas y musas, Monterrei.

Digo y quiero decir que somos más que un accidente de tráfico o un incendio perpetrado por criminales, auténticos miserables, a los que hay que prender, juzgar, y encarcelar por años y años. Afirmo tal en contra de la mayoría de los altavoces de lo políticamente correcto, que hablan de educar a las gentes, sensibilizar y otras lindezas. No les quito razón. Pero eso lleva tiempo. Y el tiempo pasa quemándonos la vida mientras tanto. También hablan de responsabilidades políticas del Partido Popular, como si no supiera Galicia entera que esto ha ardido más que nunca en el 2006, cuando gobernaba Touriño y no Feijoo. Es que no hay remedio. Me lo decía el jueves a las doce de la noche un padre que consolaba a su hijo, nervioso, y envuelto en lágrimas. Escaparon de un pueblo cercano a Vilardevós y el niño sufría un ataque de ansiedad. No era para menos: rodeados por las llamas. Esta vez no ha muerto nadie. Pero la tragedia pudo llevarse a pueblos enteros, casas, hombres y mujeres que solo quieren vivir en paz. Para ello hay que apresar a los culpables y considerarlos como a los peores asesinos: a la cárcel, y que no salgan. Porque el jueves también se detuvo a un incendiario en Maceda. No era la primera vez que quemaba. Pero estaba en la calle. La Justicia aplica las leyes y las nuestras son laxas o escasamente rigurosas. Lo escribo como colofón: los incendiarios son asesinos. De los peores. Y así hay que tratarlos.

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