La raya del andén


Hace unas semanas estuve en Alemania. Como tenía que llegar a Bonn y la conexión aérea hasta allí no era buena (es lo que tiene volar desde Galicia, que partimos ya con un hándicap), hice la última parte del trayecto en tren. Aún no me he recuperado de ese viaje, la verdad. Para empezar, cogí el tren directamente desde el aeropuerto, lo que ya mola bastante. Como no hablo alemán más allá de ser capaz de pedir un número de cervezas que no excedan mi capacidad de contar o de usar los dedos, que curiosamente es igual, me preocupaba manejarme en la estación al llegar, porque habíamos tenido un cierto retraso en el vuelo y necesitaba cambiar el billete del tren; pero todo el personal que encontré hablaba un inglés más que aceptable. En algún caso, incluso muy bueno, a pesar de no tratarse precisamente de jovencitos, con lo cual no tuve ningún problema para lograrlo y ajustar el recorrido. Pude ver cómo han proliferado los huertos urbanos desde mi última visita a ese país: en los espacios aledaños a las vías del tren el estado alquila terrenos para que aquellos que lo deseen monten su pequeño huerto o su retiro de fin de semana.

Por lo que sé, el único requisito es que al menos una parte del terreno se dedique a agricultura ecológica, lo que por un lado le da un uso a ese espacio que habitualmente queda baldío porque no se puede construir en él, por otro provoca la aparición de pulmones verdes alrededor de las ciudades y además de servir para desestresar a los que los cultivan, les proporcionan algún fruto sabroso y les devuelve el gusto por los sabores de verdad, lo que probablemente favorezca -en respuesta- el consumo de proximidad. Parece una buena idea, ¿no? Supongo que para promover este tipo de acciones hay que pensar en los ciudadanos como usuarios de la urbe y no solo como muñecos del pim-pam-pum de los votos, claro. Y me imagino que los ciudadanos-agricultores deben tener todavía un cariño hacia la tierra y un recuerdo ancestral de lo que se siente al ver crecer algo que uno mismo ha plantado, para dedicarle un tiempo semanal a esas tareas. Pero lo que no me puedo quitar de la cabeza es el respeto a la línea de la estación.

La raya que delimita el espacio de seguridad alrededor del andén y que nadie traspasaba. Hasta le hice una foto. No lo pude evitar: a las 8 de la mañana de un domingo, con la estación llena de excursionistas, trasnochadores de vuelta a casa, algún trabajador en camino a su labor dominical e incluso un par de drogatas consumidos, ni un solo pie atravesó la línea aquella hasta que el tren se detuvo y se abrieron las puertas. Inconcebible para un mediterráneo, claro. Hasta que lo piensas y te planteas que -a lo mejor- en otras cosas también se comportan así, y que no son solo los ciudadanos los que lo hacen, sino también los que tienen responsabilidades (o sea, algo de lo que responder). Y de vuelta a casa empiezas a mirar mal a los que atraviesan la línea sin ninguna razón, solo por poder demostrar que no va con ellos, que a ellos no les manda nadie, que este es un país en el que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, que para eso somos libres. Y democráticos. Y no te entienden, claro, porque no han nunca visto la raya del andén sin pies.

Por Rafael Arriaza Médico

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