Cinismo de Estado

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La política, para ser inteligente, necesita una cierta dosis de cinismo. La política exterior necesita una gran dosis de cinismo. Y la diplomacia, sencillamente, no existe sin cinismo. Lo estamos viendo con Trump: no hay político europeo al que le caiga bien, pero todos lo han saludado en Bruselas con derroche de afecto, aunque ninguno llegó a la cordialidad extrema de Macron. Lo estamos viendo en las relaciones entre dirigentes del Estado español y dirigentes de la Generalitat de Cataluña: se odian, desean que el adversario se estrelle, pero ayer llegó el rey Felipe VI a Barcelona y saludó con amplia sonrisa a Puigdemont, como si realmente le apreciase a él y a su política. Después, el presidente catalán y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría charlaban amigablemente. Y el gran ejemplo de cinismo equiparable a gran política se dio cuando Suárez trajo del exilio a Tarradellas. Fue una reunión llena de amenazas, pero al salir, Tarradellas dijo que todo había sido muy cordial y Suárez lo elevó a los altares por sus cualidades políticas.

 Ahora Felipe González acaba de denunciar un caso de cinismo que clama al cielo: el Gobierno español dice que está con la oposición venezolana, pero en España hay miles de venezolanos pidiendo asilo político porque son perseguidos de Maduro, y no se les concede. «No digo que haya miles de peticiones justificadas», dice el expresidente González, «pero sí un centenar de personas que saben que, si volvieran a Venezuela, irían directamente a la cárcel». Pues bien: a ese centenar de personas no se les concede asilo. Son de nuestra misma cultura, seguramente llevan apellidos españoles, es posible que sus abuelos hayan nacido en algún lugar de España, pero no hay sitio para ellos en la que muchos siguen llamando «la madre patria».

Como alguien señaló antes de la denuncia del señor González, para ser acogido como refugiado, hay que ser sirio. Y yo añado: para ser bien acogido en España hay que ser rico, preferiblemente muy rico. Madrid, por ejemplo, se está poblando de ricos venezolanos que hacen inversiones, compran inmuebles de lujo, encarecen el precio de la vivienda por lo mucho y bien que tiran de la chequera y obtienen a cambio permiso de residencia. O la nacionalidad española si se lo proponen, y son muchos los que se lo proponen. ¿Es eso cinismo? Naturalmente, pero agravado por el clasismo y una cierta xenofobia que siempre se practica con los pobres. Con los árabes de los petrodólares tampoco hay marginación, ni racismo, ni se les aplican duras leyes de inmigración. Lo curioso es que todo esto lo tenga que denunciar Felipe González. Los de Podemos, que no dejan pasar ni una, no lo han sabido ver. Ah, claro: es que estamos hablando de Venezuela.

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