Un día fui a hacerle una entrevista a Javier Gomá, al que muchos califican como el filósofo de moda en España, aunque la inmensa mayoría de los que afirman eso no entiendan una sola palabra de lo que escribe. Influenciado por esos comentarios, pensé que se trataría de una conversación banal. Pero, conociendo que era autor de una tetralogía de la ejemplaridad, no me resistí a preguntarle su opinión sobre la marea de corrupción que inunda España. Aunque el filósofo se resistía a ese descenso al barro al que lo invitaba, termino dándome una respuesta que, aunque, en un principio me indignó, acabó fascinándome y haciéndome reflexionar. Corrupción hay en todos sitios, me vino a decir, pero lo específico de la corrupción española es que es un problema de educación colectiva y falta de buen gusto. En los 80 hubo ebriedad de libertad sin demasiada educación para ella. Y el alud de dinero llovido luego en los 90 de la Unión Europea no es el resultado de la virtud del trabajo. Nos viene sin trabajar suficiente para merecer esas cantidades. Libertad y dinero producen un prototipo del nuevo rico. Alguien que, teniendo dinero y libertad, no tiene buen gusto. Y esa vulgaridad se ha trasladado de lo social a lo político con comportamientos indecentes sin merecer excesivo reproche. Tal era su argumentación.
Citar a Gomá y a Ángel María Villar en un mismo artículo es un oxímoron insuperable. Pero, aunque toda corrupción es repugnante, incluso si la comete Petronio, si alguien representa esa corrupción descarada, zafia y ordinaria es quien preside hoy la Federación Española de Fútbol, aunque duerma entre rejas. Sí. Villar es un asco. Pero un asco que toleramos durante 29 años. Y eso debe avergonzarnos.
Toda España era consciente de que era un presunto corrupto. Es más, toda España veía cada día la chulería y la impunidad con la que Villar hacía y deshacía a su antojo; con la que beneficiaba a sus amigos y a sus familiares; con la que se burlaba de los pocos que se atrevían a denunciar sus tropelías, y con la que amenazaba a los que le plantaban cara, alguno de los cuales, como Miguel Cardenal, lo ha pagado caro. Las denuncias contra él siempre acababan en nada. Es imposible que eso sucediera sin una amplísima nómina de colaboradores interesados y una tupida red clientelar que se beneficiaba de las andanzas de este abogado de medio pelo, cuyo principal mérito hasta llegar a la federación había sido darle un puñetazo a Cruyff en pleno partido.
El mero hecho de que en su día lo ampararan una FIFA y una UEFA podridas hasta el tuétano era suficiente para que se le hubiera investigado en profundidad mucho antes. Hay que saber ahora por qué lo apoyaron los presidentes de los clubes y los de las federaciones territoriales más poderosas. Y por qué políticos de uno y otro signo, de ahora y de antes, se doblegaron ante él, dejando que se perpetuara en el poder. Enterrar a Villar sin desinfectar a fondo el fútbol español, y sin acabar con su total impunidad, demostraría no solo que Gomá tiene razón, sino que seguimos sin aprender nada.