Una muerte con un gran estigma social

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La muerte violenta de cualquier personaje público suele atraer la atención durante días. Con el foco puesto sobre sus causas y circunstancias. El suicidio, o muerte violenta autoinflingida, es sin duda la principal causa de fallecimiento de nuestros pacientes y se encuentra socialmente muy estigmatizada, quizás por relacionarse rápidamente con una enfermedad mental. Sin embargo, el comportamiento suicida no indica necesariamente la presencia de un trastorno.

Es cierto que el padecer algunas enfermedades psiquiátricas supone un aumento del riesgo de suicidio 20 veces mayor en depresión que para la población general o hasta el doble en personas que sufren esquizofrenia. Pero no es el único factor de riesgo, ni el más importante. Existen muchos: internos (como los trastornos mentales mencionados) o externos, individuales o sociales, modificables o no, coyunturales o a largo plazo.

La suma de estos factores de riesgo, junto con otros precipitantes suficientes configuran la situación en la que más fácilmente se podría llevar a cabo una conducta suicida. La autopsia psiquiátrica y/o psicológica sería el método más aproximado para acercarnos a una explicación sobre su origen y causa. Su ejecución en todos los suicidios nos podría ayudar a prevenir nuevos casos. Sin embargo, en su realización, incluso conociendo toda la información judicial, el sesgo puede ser importante, mucho más cuando la valoración se realiza solo con noticias aparecidas en los medios.

En el caso de Blesa, la descripción del uso del arma de fuego no coincide con el habitual uso suicida de este tipo de método. Igualmente, no han trascendido, incluso se ha descartado, la existencia de trastornos mentales graves, desconociéndose otros elementos de riesgo importantes. Sin embargo, dentro de los factores precipitantes para el suicidio en la edad adulta están descritos la pérdida del bienestar económico y social, el fracaso profesional y la privación del estatus o prestigio social.

Fuera de la Medicina, ya a finales del siglo XIX, Durkheim, sociólogo, intentó encontrar una explicación al suicidio, reconociendo una importante influencia social, que relacionó con la integración y la regulación social. Identificó cuatro tipos de suicidio: egoísta, anónimo, altruista y fatalista. Postulaba que en el egoísta lo definitivo es la ausencia o pérdida de integración social. Esto es: cuando un individuo se encuentra aislado o cuando los vínculos con su grupo habitual se debilitan o rompen.

La conducta suicida es vista siempre de forma negativa y esto puede dificultar que la persona busque ayuda. Sensibilizar y concienciar para disminuir el estigma social generado alrededor de este tipo de muerte ayudaría a prevenirla y a disminuir su aparición. Referirse al suicidio como una respuesta aceptable frente a las dificultades podría fomentar la imitación en individuos vulnerables. Por el contrario, hablar de él de la forma correcta se ha demostrado que contribuye a evitarlo. Para ello se debería informar obviando detalles de cómo se llevó a cabo y sin usar un lenguaje y estilo sensacionalistas.

En España, en el 2015, se registró una tasa de 7,76 suicidios por cada cien mil habitantes, por lo que la prevención se recoge como uno de los objetivos estratégicos de la Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud y en la Estrategia del Sergas 2014, estando en realización un nuevo plan de prevención en Galicia.

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