Son puntuales. Son serios. Uniformados, como cada tarde, aparecen tras el recodo de un muro. No perdonan. Toman al asalto el atrio de la iglesia. Llevan su equipación. Pantalón corto. Medias. Botas. Y, por supuesto, la camiseta. Muchos Messis y Ronaldos. Real Madrid y Barcelona. Algo de la Premier. En cambio, del Calcio, poca cosa. Y entonces, él. Balón reglamentario. Negro riguroso. El reloj en hora. Comprueba que lleva todo en el bolsillo. Levanta el brazo. Y contiene la respiración la grada improvisada. Se ajusta el intercomunicador. Y arranca. Un partido de infarto. Todas las tardes, junto a las terrazas, se juega la final de la Champions. El Clásico. O noso derbi. La Eurocopa. El Mundial. Y hasta la Intertoto si hace falta. Y corre. Y se fija en cada jugada. Y evita tocar el balón. Y no se arredra. Y si los ánimos se calientan, sanciona. Saca las tarjetas que sean necesarias. Todas las tardes. Sus amigos son Messi. Son Ronaldo. Son Griezmann, James Rodríguez, Neymar, Ibrahimovic, Bale, Muller y Dybala. Lanzando penaltis en el último minuto que resuenan al golpear de lleno contra la puerta metálica. Pero la estrella es él. La autoridad. El que pita las faltas. El árbitro de un juego muy serio que alegra las tardes de cañas. Porque en un mundo de balones de oro y de estrellas del fútbol demasiado caras, él sueña con ser Mark Clattenburg. Pierluigi Colina. O nuestro Evaristo. Evaristo Puentes Leira.