Si los españoles son optimistas, los jóvenes españoles lo son más. Según encuestas al uso, ocho de cada diez jóvenes se declaran optimistas. Los jóvenes españoles son optimistas por naturaleza. Tal vez lo sean por la naturaleza española (el sol, el mar, la playa, la montaña). La mitad de los jóvenes españoles, esos que están en edad de trabajar pero engrosan la tasa de paro juvenil, no están para encuestas. Quizás no hayan sido encuestados tampoco los miles de jóvenes españoles que han emigrado por falta de puestos de trabajo y falta de expectativas laborales en el país. Cuando el CIS pregunta a los jóvenes españoles por la actual situación económica, cuatro de cada diez responde nque es mala y dos que es muy mala. Cuando les pregunta por la actual situación económica en relación a la del año anterior, seis de cada diez responden que está igual y dos que está peor. ¿A qué tipo de jóvenes consultan los encuestadores? ¿Hay tantos jóvenes contentos o contentados? ¿Se habrán contagiado los jóvenes españoles de ese virus que los expertos en demoscopia denominan sesgo de optimismo infundado?
La brecha generacional es evidente. Según el barómetro del CIS, para el 80 % de los españoles el principal problema del país es el paro y para el 25 % la situación económica en general. Sin embargo, solo para un 2 % el principal problema del país es la dificultad de los jóvenes para acceder al mercado de trabajo y para desarrollar sus proyectos vitales. ¿Cómo se iban a enterar los adultos pesimistas de lo poco felices que son, si los jóvenes no fuesen tan optimistas? ¿Será que los adultos españoles no son pesimistas, sino optimistas con experiencia? ¿Se habrán contagiado los adultos españoles de ese virus que los expertos en demoscopia denominan sesgo de pesimismo comparado?
Los adultos también padecen el síndrome de optimismo infundado, pues siete de cada diez consideran que la situación económica general es mala, pero seis de cada diez opinan que su situación económica familiar es buena. Para ellos una cosa es la macroeconomía del país y otra distinta la microeconomía de su casa. Por otra parte, estos mismos adultos también se ven afectados por el síndrome de optimismo comparado, cuando, por ejemplo, nueve de cada diez asumen que, aunque ha aumentado la desigualdad económica, ellos están mejor que la mayoría, porque la pobreza ya forma parte de su entorno cotidiano. ¿Se habrán contagiado los adultos españoles de ese virus que los expertos en demoscopia denominan sesgo de bienestar subjetivo?
Dicen los politólogos que el voto tiene edad. Dicen los políticos optimistas de derechas que una pirámide demográfica cada vez más envejecida les beneficia; dicen los políticos optimistas de izquierdas que el voto joven les beneficiará más en un futuro inmediato. Pero… ¿Tiene ideología el optimismo? Según una reciente encuesta de Metroscopia, entre los votantes de derechas (PP, Ciudadanos), ocho son optimistas y dos pesimistas, mientras que, entre los votantes de izquierdas (PSOE, Podemos), seis son optimistas y cuatro pesimistas. Dicen unos que los jóvenes votan a la izquierda; dicen otros que los adultos votan a la derecha. Dicen unos que los jóvenes se lo creen todo y los adultos desconfían de todo; dicen otros que los jóvenes desconfían de todo y los adultos se lo creen todo. A un joven optimista no le importa lo que digan unos y otros. A un joven pesimista le confunde lo que digan unos y otros; pero no es lo peor que le puede pasar; a un joven pesimista lo peor que le puede pasar es que acabe teniendo razón. Ya decía Zola: «No soy optimista, quiero ser optimista».
Pedro Armas es profesor de Humanidades de la UDC.