Afinales del siglo XIX el rey Menelik II quiso dotar a la vieja Abisinia de una capital nueva y moderna. Al pie del legendario monte Entoto, en un valle fértil y bañado por aguas termales, encontró el lugar. Adís Abeba (la Nueva Flor) iba a ser la capital de la unificada Etiopía. Pero fue tan grande el consumo de madera de los bosques autóctonos que a punto estuvo de arruinarse su proyecto. Solo la llegada de un asesor francés con semillas de eucalipto pudo salvar los planes del monarca. Hoy, Adís Abeba, como buena parte de las tierras altas del país, está rodeada de bosques del controvertido árbol que no solo permitió seguir adelante con los planes de levantar una capital para el imperio, sino que contribuye de forma muy significativa a la economía del país.

En Galicia, adonde los eucaliptos llegaron solo treinta años antes que a Etiopía, la polémica por la invasión del territorio no cesa. Como allá, aquí los propietarios de montes que han encontrado una sostenida fuente de ingresos adicional están en las antípodas de los conservacionistas, que repudian la (sobre)presencia de una especie con contrastados efectos perniciosos para el ecosistema. Esta semana, Pantón se ha sumado a la lista de concellos gallegos que han prohibido la plantación de eucaliptos.

El debate, en el fondo, tiene que ver con la superación del subdesarrollo. La pugna entre ecología y economía es muy desigual donde la lucha por la supervivencia es mayor. La miseria, como la avaricia, es letal para el medio: la explotación desmedida diezma la naturaleza. Un nuevo estadio de desarrollo se alcanza cuando se equilibra la gestión de los recursos. Y hoy, en la economía agraria de Galicia, el eucalipto es un recurso.

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Eucaliptos