Señales de humo

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El corazón de Portugal en llamas, en una tragedia que tardaremos en comprender. Doñana. Son señales de humo, nunca mejor dicho. Estamos en alerta. El invierno seco, una primavera que fue verano y un mes de junio que se vistió de agosto extremo hacen que más que nunca nuestras plegarias puedan no ser atendidas. Tenemos que estar en guardia. Todos. Los que forman parte de las brigadas contra el fuego, por supuesto. Pero los ciudadanos de a pie, también. Hay que proteger Galicia. Se nos viene encima un verano de espectacular éxito turístico. Un aviso rápido puede evitar un incendio del que escandalizarnos. Nuestra propia conducta (no hacer quemas, no dejar basura) es clave. Ya se ha luchado en junio contra la lacra del fuego. Mucho. En Lugo, en Ourense. En nuestras provincias de interior. Pero toda Galicia es susceptible de vivir el golpe de las llamas. Hemos abandonado nuestras aldeas. Venimos de las aldeas, pero solo vamos a ellas diez minutos. No más. Nos encanta el rural, pero como postal, como recuerdo de un paraíso perdido. En una sola generación casi hemos dejado la tradición de ir todos los fines de semana. Nuestros críos crecen sin saber ya de dónde vienen. Pero seguimos plantando eucaliptos, al límite de la ley o fuera de la ley. Nuestros críos piensan que la leche viene de los centros comerciales, de las pegatinas de una vaca. Ya no vamos los fines de semana a ver a los abuelos a la aldea. «Este no podemos, vamos el siguiente seguro». Y así aplazamos lo inaplazable. El abandono del rural, del monte, es otra de las causas. Les decimos que no podemos llevar a los nietos y luego nos vamos en manada al centro comercial a cabrearnos en el atasco. Un absurdo. Y mientras, el fuego con su lengua amenazando lo que más queremos (queríamos). Nuestra Galicia, verde y azul. No estamos para perder paraísos. Para perder nuestra infancia.

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