¿Se nos está yendo el partido?

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La política, que es una competición universal de intereses y sentimientos en la que siempre cabe revancha, se explica muy bien con metáforas extraídas del deporte, las guerras, la medicina o el western, ya que todas ellas versan sobre luchas paradigmáticas en las que la solución del conflicto está claramente pautada y es visible para todos. Por eso voy a afrontar la rabiosa actualidad de España valiéndome del fútbol y del aquilatado lenguaje que han construido sus informadores. Porque solo así se puede entender por qué nuestro juego político está enmarañado, y por qué puede salir derrotado el mejor de los equipos. 

Cuando empieza un encuentro de Champions, es frecuente ver cómo sus protagonistas se miden y tantean. Porque, además de poner en evidencia posiciones y tácticas, necesitan saber en qué nivel de rigor tiene el árbitro las tarjetas y penaltis. Con esta finalidad empiezan a empujarse, a ponerse zancadillas y a usar el antebrazo hasta convertir el partido en un barullo insufrible. Y es entonces cuando un comentarista avispado hace su tópica advertencia: «Al árbitro se le está yendo el partido, y si no tira de silbato y tarjetas va a provocar un desastre». La suerte del fútbol es que el árbitro también sabe de qué va el asunto y cuánto se juega en él. Y, como si el comentarista se lo hubiese susurrado al oído, empieza a soplar y a mostrar tarjetas hasta poner el partido en su sitio, sin permitir más tanteos hasta el tiempo de descuento. Y lo mismo debería hacerse en la política, donde un mal arbitraje puede convertir una magnífica fiesta en un carajal inenarrable.

Los tres poderes de España se equivocaron gravemente cuando el independentismo les empezó a tomar los talentos y subió el nivel de marrullería -con total impunidad- hasta hacer inviable el juego y anular a los buenos jugadores. El Gobierno se sigue equivocando cuando, tras comprobar que las zancadillas de Pepe puntúan más que las fintas de Messi, oculta -por miedo- el silbato y las tarjetas. Y más se equivoca incluso cuando, acosado por una afición cabreada, unos hooligans violentos y unos informadores que solo transmiten las patadas e invisibilizan el juego, empieza a creer que el cansancio y el aburrimiento repondrán la deportividad en el estadio.

Se equivocan, digo, porque las cosas no suceden así. El juego se ordena con silbatos, tarjetas y autoridad. Y ningún público se fue del estadio detrás de un jugador expulsado, por más brillante y pichichi que sea. Por eso me temo que a Rajoy se le está yendo el partido, y que, si no echa pronta mano de la tarjeta roja y los penaltis, va a montar un guirigay sin retorno. Y cuando eso suceda -en el fútbol lo tienen claro-, ni le van a agradecer su bien estudiada mesura, ni le van a dejar que arbitre otra final. Porque, si «fútbol es fútbol», la política es política.

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