El escritor ourensano escribió en La Voz de Galicia sobre lo qué significó la pérdida del poeta Nicomedes Pastor Díaz, fallecido el 23 de marzo de 1863
11 jun 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Con la primavera siempre por el poeta esperada como un retorno de la adolescencia sonará el 22 de marzo de este año el débil doblar de la campana asulagada en el tiempo por la muerte de Pastor Díaz. La nota más leve y pura en la clamorosa rompiente romántica. La angustia complacida entre el dandismo literario y el áspero placer inteligente de la crítica hace del autor de «La mariposa negra» un héroe trágico sin escena y sin coro. Le comprendió la amistad, le sostuvo en un confín en donde la pasión y el razonar se funden en amor la niebla gris de pupilas de ría de la presencia de Galicia, le enalteció el aire fino y estoico a lo militar de Turín, el crepúsculo opulento de Lisboa, la gracia de los chopos otoñales de la Isla de Francia, los cuajados fulgores mudéjares del Betis y el siempre nuevo desvelarse y huir de tímida y orgullosa vestal del misterio de Roma.
Ninguno entre los españoles y solo algunos de los grandes espíritus ultrapirenaicos llevados por el vuelo aquilino y cupular sintieron como Pastor Díaz el dolor y la belleza de la sombra de un velo de religiosa sobre el desnudo orgullo de la columna antigua. Ni Pacheco, ni Castelar, ni Pedro Antonio de Alarcón. En el clásico elogio goethiano de Roma se trasluce un palpitar de Horacio: la gracia ignorante adrede del enigma que la cerca. Se calientan a un abstracto fuego augural dos grandes hiperbóreos Nietzsche y Ib en. No sabe Chateaubriand desprenderse de la altiva melancolía raciniana. Pastor Díaz en el problema de la Roma de antes y cerca de 1870 sufre el problema de Europa y en el tratamiento de los silencios y las cenizas pudiéramos concederle alguna semejanza con el renacentista portugués Sá de Miranda en la larga cantiga de viento y recuerdo «feita nos grandes campos de Roma».
La misma saudade. La sirena del norte se amparó en la «furna» gallega como las naves portadoras de los torques y las santas imágenes lanzadas al mar por la estrecha lógica puritana. Mereció su canto el solitario enamorado de los adioses del Landrove, del callado sollozo de la tarde arrodillada en el umbral del convento de Valdeflores, del estudiante de Fonseca y Alcalá, aun empelucados y graves en la medida del verso antiguo, del que supo acallar fiebres románticas imponiendo la mano en las frentes amigas. La mano fresca del que ha sabido llevar el fuego ardiente.
Pasa en las memorias de Zorrilla un momento delicioso de la juventud de Pastor Díaz. Era jefe político de Segovia por la reina Isabel. En el fondo, como Donoso, como León, sentía por la joven soberana un imposible y melancólico amor. Los carlistas entraron en la ciudad. Con ellos el padre de Zorrilla, fuerte y fino carácter de magistrado del antiguo régimen, decidido absolutismo. Supo del escondite del jefe político en un horno y a través de la tapa, cuando ya la columna se retiraba, mantuvo el viejo partidario del rey neto con el joven liberal una breve e interesante conversación.
Ningún autor de nuestro XIX alcanzó la maestría del gran vivariense en finos y sutiles trazos biográficos inmortales. En este punto nos tienta el problema de la creación de la moderna prosa literaría española. Fue empresa difícil. No habla una exigencia circundante. A través de vacilaciones y desmayos Pastor Díaz supo conseguir un «cursus», un movimiento. Si su párrafo tiembla y se reitera como incierto perfil de montañas también sabe obligarse al vigor, y ordenar, sin énfasis oratorio, las variaciones del tema.
Poco y mucho puede escribirse sobre el mejor trasunto del Romanticismo en vate hispánico aun después de los estudios modernos y admirables de los señores Chao Espina y Leal Insua, de los ya seculares de Hartzenbusch, De la Puente y Apecechea, Ferrer del Río, Núñez de Arenas y otros ilustres contemporáneos. En 1911 la ciudad de Vivero celebró con nobleza y esplendor el primer centenario del nacimiento de su genial poeta. Escribió don Manuel Murguía un estudio de largas vibraciones de onda evocadora, digno de ser editado en una nueva y esperada reimpresión de «Los Precursores» y don Marcelo Maclas pronunció en las honras fúnebres un panegírico de bellísima composición contrapuntista. En aquella solemnidad don Marcelo -que no dejaba curso sin recitar a sus alumnos «La mariposa negras»- tuvo el honor de leer el estudio del anciano patriarca Murguía.
El día 23 de marzo de 1863 falleció Pastor Díaz. Su breviario en el que como un monje leía diariamente pasó a las manos de Pedro A. de Alarcón. Significó su muerte algo más que la de un gran poeta, un recto político, un insigne ensayista, también en este rumbo muy moderno y un orador de incomparable y casi mágico poder sobre los oyentes: la muerte de un sentido poético, de una dedicación nobilísima del vivir. Una teoría y vivencia, de hondas raíces galaicas. Con la primavera se cumple el primer centenario de la muerte del poeta celebrado por los cisnes del Caístro y las garzas del Landro. El absoluto pesimista en filosofía nunca dudó de la juventud. Y menos de la juventud gallega. Deben nuestros jóvenes poetas releer su discurso en el Liceo de La Coruña en el otoño de 1846, el año terrible y probático de Galicia. Pues a los poetas gallegos cumple enlazar la rosa y el ciprés, alternar la lira y la flauta en honra del vate y pensador cuyos testamentarios literarios supieron expresar su pensamiento central en la dedicatoria de la hermosa edición de sus obras completas: «A la juventud española -en muestra de simpatía y de cariño -dedica -sus pensamientos y afectos -escritos en estos libros, -deseoso de su amistad -y aprobación, -el que, probado por la enfermedad -y el dolor, -murió sin envejecer. -Nicomedes Pastor Díaz».
El 23 de marzo de 1863 falleció Pastor Díaz. Significó su muerte algo más que la de un gran poeta: [...] la muerte de un sentido poético, de una dedicación nobilísima del vivir.