Elogio a Rajoy «in tempore belli»


La política española -si por tal entendemos la actividad compulsiva desplegada por los partidos políticos- solo es, a día de hoy, una guerra de desgaste. Ningún debate es constructivo. En ninguna agenda figuran -destacados- los grandes problemas estructurales ni las pocas reformas que se pueden consensuar. El único target de las multiformes oposiciones es el desgaste del Gobierno, aunque para ello tengan que magnificar las chorraditas y simplezas que convierten la información política en puro chismorreo. Y casi podría decirse que las únicas cosas que funcionan bien son la economía y los servicios esenciales, que nos permiten soportar esta borrachera de estupidez y este lujoso sainete político que solo un país boyante, con fuertes inercias institucionales, se pueden permitir.

En una posición intermedia se sitúan algunos sectores profesionales y sociales que, sin ser propiamente políticos, tienen gran importancia para la política, y que, sin ser responsables del desgaste, se ven obligados a actuar -como colaboradores, víctimas, mediadores o rapiñadores- para sobrevivir, o para forrarse, dentro del conflicto. En esa categoría están muchos intelectuales, líderes sociales, organizaciones profesionales o cívicas y diversos actores económicos que tratan de arrimar el calor de la indignación a su sardina, y que no quieren plantearse la vuelta a un estado de orden que rebaje el nivel de riesgo, de destrucción o de división social en el que estamos chapoteando.

Y finalmente están los que, a modo de vigilantes y árbitros del conflicto -el aparato judicial y todas las formas de aprovechar la Justicia para calmar o alborotar el gallinero-, ya han tomado partido a favor de una de las posibles interpretaciones del caos, y, además de invalidarse como árbitros, tratan de aprovechar su poder coyuntural para resolver pleitos personales.

En medio de tan confusa algarabía, solo hay un actor que parece priorizar su papel institucional y sus obligaciones sobre la guerra de desgaste, y que intenta mantener un orden jurídico, económico, social y político que evite el colapso. Este actor, que no está libre de errores e indecisiones, que habita un partido diezmado por la corrupción y la vergüenza, que no siempre alcanza el estándar básico de simpatía, y que tiene fuertes carencias en la retórica, la creatividad y la comunicación política, se llama Mariano Rajoy. Y solo a él le cabe el mérito de no haberse perdido ni desmoronado en el barullo, y de mantener los mínimos institucionales y sistémicos que se pueden salvar en la trifulca. Por eso merece ser elogiado como un político providencialmente templado y estable. Y por eso me atrevo a aventurar que, cualquiera que sea el desenlace de esta tragicomedia, la historia le va a ser más leve y agradable de lo que podemos imaginar en este tiempo de guerra.

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Elogio a Rajoy «in tempore belli»