Conejillos de indias


El martes por la noche el BCE llegó a la conclusión de que el Popular, funambulista desde hacía mucho -demasiado- tiempo, a punto estaba de precipitarse al vacío. Fue caer en la cuenta, y poner en marcha el mecanismo que, escaldada en los rescates, ideó la vieja Europa para mantener a cubierto al contribuyente en caso de desastre bancario.

Nunca antes se había usado. Y eso que lleva en vigor año y medio. Desde el 1 de enero del 2016. Al final, se ha venido a estrenar precisamente en un país que sabe lo que escuecen los salvavidas financieros. Aunque solo sea por los 42.000 millones que tuvo que pedir en el 2012 a sus socios europeos para sanear bancos. Y de los que, si te vi, no me acuerdo.

Los hay que están encantados con cómo se han hecho las cosas. Son los que dicen que España es otra vez ejemplo de buen hacer. Sostienen que si existe la Unión Bancaria y todos los procedimientos de supervisión y resolución, es por algo. Y que hay que acatarlos. Desde luego que entre tanto satisfecho no se cuenta ningún accionista del Popular. Estos últimos seguro que hubieran preferido una solución a la italiana. Como la acordada hace una semana para el Monte dei Paschi di Siena. Accionistas y bonistas perderán parte del dinero, no todo. Pero el Estado tendrá que inyectar una cantidad importante de dinero, aún por determinar.

Difícil es que llueva a gusto de todos.

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