Era su primer concierto


El lunes, en la noche de santa Rita, llegó la noticia tarde. Conocimos, a las dos de la madrugada, que la policía de Mánchester había confirmado al menos veinte muertos. No pude dormir. Otra vez. Tenía colgadas en medio de los ojos las imágenes que colaba Internet: niños y padres corriendo, escapando de nuevo del horror. Por la mañana, en las primeras tertulias, pude escuchar la lección periodística y ética que se produce tras cada atentado: hace tres días han muerto treinta en Bagdad y Basora y apenas los recordamos, decía alguno. Es como si se muriese alguien en tu casa y el vecino te diese el pésame declamando que también había muerto otro, a cuatro mil kilómetros, y que no era para tanto. Me hartan. Son siempre los mismos. Los que repudian a diario a los católicos y silencian esta guerra fanática e ideológica infame. Lo es, infame. En Mánchester, también: un concierto para niños y adolescentes. Hacer daño es fácil. Hacerlo con propaganda para «la causa» requiere mayor esfuerzo. Me pregunto qué pensarán Theresa May y Nigel Farage, los mismos que hace poco aseguraban que el terrorismo era un problema «de los europeos» y sus refugiados. Odio este populismo repugnante. Aparece por todas partes y a todas horas. En España sabemos mucho de ello. Pero a pesar de sus lecciones éticas no conseguirán callar el clamor cierto del pueblo, el de verdad: queremos vivir tranquilos. No preocuparnos por si nuestros hijos van a un concierto. Para algunos, en Mánchester, era el primero.

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Era su primer concierto