Franco, con perdón


Pido perdón por anticipado a los lectores a los que pueda molestar. Pero voy a hacerlo. Voy a mentarlo. Franco. Ya está. No pasa nada. Incluso le voy a llamar dictador. Y aún más, sanguinario. Que no cunda el pánico. Viene esto a cuento porque hay gente que se pone de los nervios, que padece una especie de urticaria mental con su simple mención. El último rebrote de este trauma lo hemos visto la semana pasada cuando el Congreso aprobó por amplia mayoría una proposición no de ley para exhumar sus restos del Valle de los Caídos. La retahíla de los que extraña o significativamente se sienten agredidos siempre es la misma. Hay cosas más importantes de que hablar, esto no preocupa a los españoles, no reabran las heridas, no lo utilicen políticamente.

Y me pregunto si hemos avanzado tan poco democráticamente hasta el punto de que Franco sigue siendo objeto de trifulca política y de que incluso una diputada popular, visiblemente indignada y herida (¿por qué?), sostenga que debatir sobre este asunto es un atentado al espíritu de reconciliación de la Transición. En países que sufrieron dictaduras similares, ni Hitler ni Mussolini tienen tumba para evitar las peregrinaciones de nostálgicos. Aquí ni siquiera se propone eso, sino que su familia lo entierre donde crea conveniente.

Es totalmente compatible dedicar el 99,99% de los esfuerzos a otros temas vitales, como el paro o las pensiones, y el 0,01% a los restos del tirano. Y se puede, se debe, discutir con argumentos. La clave no es tanto dónde esté enterrado Franco, sino que el Valle de los Caídos se reconvierta en un lugar de memoria donde se explique lo que fue aquel régimen terrible. Y, sí, a mí, esto me parece importante.

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