Luces y sombras de la Francia de hoy


La pesadilla Le Pen, que lleva años amenazando a Francia, no quedó superada ayer por el buen caletre de los ciudadanos franceses, sino por la eficacia de un ingenioso sistema que, en vez de dejar libertad al electorado para repetir sus estériles bloqueos, y para presentar su contumacia disgregadora como una prueba de libertad y pluralismo, pone a los votantes en el trance de generar una mayoría sobre dos únicas alternativas, les obliga a modificar los criterios de votación usados en la primera vuelta y genera un indeclinable compromiso con los resultados obtenidos. Lejos de apuntar a la abstracta obligación de pactar que hemos entronizado en España, y que remite a los partidos políticos la responsabilidad de todos los desaguisados electorales, el sistema francés fuerza un auténtico pacto de electores, que aumenta la legitimidad de los consensos y evita que toda la clase política asuma el desgaste de obviar las deficiencias de gobernabilidad establecidas por los electores.

De hecho puede decirse que los electorados español y francés, entre diciembre del 2015 y mayo del 2017, cojean del mismo pie. Porque ambos actúan impulsados por una frustración y una indignación obcecada que están destruyendo sus partidos tradicionales, fragmentando el espacio político y aumentando las disfunciones de sus respectivos sistemas. Y aunque Francia dispone de garantías sistémicas de gobernabilidad más depuradas que las nuestras, es evidente que el problema de fondo es el mismo, y que si no somos capaces de formular el correcto diagnóstico de nuestros problemas, tanto Francia como España se hundirán en una crisis de gobernabilidad de duración y consecuencias muy difíciles de prever.

Para que esta comparación no suene a absurda en el mismo día en que Francia acaba de elegir al nuevo presidente de la República, basta con dirigir la mirada hacia las inminentes elecciones legislativas de junio, en las que el brillante proyecto de Macron, todavía huérfano de partido, quedará a merced de alianzas complejas e inestables, o de una cohabitación parlamentaria que reme a contracorriente de sus planes de regeneración para Francia y la UE. La victoria de Macron es un éxito personal indiscutible, y, al menos a corto plazo, representa un alivio para Francia y una ilusión para todos los europeístas. Pero los males que afectan a la política francesa -indignación, desafección al sistema, fragmentación, populismo y añoranza de un soberanismo arcaico e inviable- siguen igual que estaban, sin que los ciudadanos tengan claras alternativas y sin que haya partidos y líderes capaces de generar consensos razonables y eficientes. Porque la grave crisis de cultura política que atraviesan las democracias occidentales es común a casi todas, y su necesaria reconstrucción no va a ser ni rápida, ni fácil, ni exenta de peligros.

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