Coincidencias occidentales


Economista

Brexit, avance de la xenofobia en Holanda, amenaza lepenista, riesgo de sorpasso ultra en Austria, desgaste de Merkel, agenda radical en Dinamarca, Suiza, Finlandia, Suecia. Los partidos extremistas oscilan entre el 10 y el 30 % del electorado. Y no olvidemos el trumpismo en Estados Unidos. ¿Qué tienen todos estos fenómenos en común? Pues que denotan un cambio de tendencia política entre quienes trabajan con sus manos, sea empuñando un pico, un martillo o una escoba. Mientras no se comprenda el origen y causa de la patología no podremos hallar una terapia idónea.

Los trabajadores desprotegidos tienen miedo a la inmigración y a la globalización. Quienes no temen tanto son los empleados protegidos. El mundo se ve distinto si eres administrativo en un ayuntamiento o enfermera, que si eres repartidor o limpiadora. La llegada de inmigrantes presiona a la baja los salarios, las oportunidades de empleo y de ascenso de los trabajadores desprotegidos, que a su vez requieren los mismos servicios públicos y compiten en el espacio urbano con los inmigrantes, generando más demanda de suelo, provocando saturación y subiendo los precios de la vivienda. En comparación, los empleados protegidos por su vínculo público con el Estado o por diversa normativa corporativa -exigencia de homologación de títulos académicos o trabas a la colegiación profesional, entre otras barreras defensivas-, no tienen ese problema. Es más, con unos ingresos modestos, aunque blindados, incluso pueden comprar en Amazon u otras plataformas unas zapatillas o gangas que se envían desde Vietnam, o contratar con menor salario/hora a una empleada del hogar filipina o peruana.

Es un dilema diabólico. Pero la inmigración no puede ser físicamente limitada, porque su crecimiento depende de la expansión demográfica de los países emisores. Los muros de Trump o de Orban son como las murallas de arena que los niños hacen en la playa para detener la marea que amenaza su castillo. La solución nunca está en la estrategia Maginot, construyendo imponentes fortalezas que pueden ser rodeadas por cualquiera que se lo proponga. Para evitar el riesgo de que los trabajadores se entreguen a los simplones y seductores cantos de las sirenas xenófobas tenemos que formarlos mejor y mantener una estrategia dinámica, que postule la verdadera emancipación de la mujer y la auténtica democratización en los países emisores de migrantes. No hay otra solución compatible con la defensa de nuestras sociedades abiertas. Pero esto no puede hacerlo solo un pequeño país, como Alemania, Francia, Italia o España. Necesitamos una estructura federal europea, porque la empresa es descomunal, como también lo es la mejora de nuestra competitividad para apuntalar nuestro sistema de bienestar. Exportar democracia es indispensable para bajar la presión y recuperar los corazones de esos nuestros conciudadanos que optan por el diablo como grito de protesta. Aunque servir al diablo cueste la vida y el alma.

Por Manuel Blanco Desar Economista

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