Francia se enreda en su nostalgia


La mejor explicación de lo que está pasando en Francia -la proustiana búsqueda del tiempo perdido- la formuló Montaigne (1533-1592) en sus inmortales Ensayos: «Mi vida estuvo plagada de enormes desgracias que en realidad nunca sucedieron». Porque el evidente desnorte de los electores franceses, que están abocando al país a una frustración de enormes proporciones, se debe a tres problemas fundamentales que ahora reseñamos.

El primero es que, en vez de admitir que viven en un país maravilloso, que solo necesita una somera adaptación a la inexorable realidad de un mundo globalizado y multipolar que hizo de Francia un pequeño país, los franceses prefieren añorar un pasado mitificado que, como diría Montaigne, nunca sucedió. Y en vez de diseñar sus políticas en el marco de la UE y de ese mundo abierto, observan su presente desde la indignante perspectiva de la decadencia, abrazando a ciegas el principio -que en Francia es completamente falso- de que «cualquier tiempo pasado fue mejor».

El segundo problema es que, olvidando que el buen gobierno y la paz política dependen mucho más del ajuste del sistema que de salvadores rupturistas y utópicos -¡quién lo iba a decir de la patria de Sieyès, Montesquieu y Tocqueville!-, los franceses han urdido una respuesta a la crisis que, por basarse en la fragmentación del sistema de partidos, y en liderazgos que ofrecen el paraíso terrenal al margen de los esquemas políticos, ideológicos y constitucionales que explican todas sus glorias, determinará la generación de Gobiernos muy débiles e inconsistentes, que, incapacitados para las grandes reformas, solo podrán capear la indignación a base de populismo y demagogia.

Y el tercer problema es que, basándose en un mal diagnóstico, los franceses parecen estar apostando por todos los líderes y todas las utopías que contradicen los valores republicanos que fundaron la Francia moderna, con riesgo de resucitar las fronteras que envenenaron Europa durante los últimos cinco siglos, y recreando los fantasmas de la xenofobia, el chauvinismo y el militarismo que siempre tantos fracasos alumbraron en Francia.

Escribo este artículo antes de conocer los resultados que van a asentar el nuevo minifundismo político de la tantas veces grande y ejemplar nación francesa. Pero esta vez no hacen falta escrutinios definitivos para hacer el diagnóstico que espera a Francia después de la segunda vuelta. El destino de Francia, lejos de ser la salida de la UE o la caída en el hoyo del trumpismo, apunta a la entrada en barrena en el mundo de los bloqueos, la debilidad de los Gobiernos, la imposibilidad de tomar medidas esenciales y la apuesta por todos los cortoplacismos de este tiempo de individualismo, adanismo y ruptura. Las elecciones de ayer han solemnizado la crisis. Y la solución, me temo, irá para muy largo.

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