Un pionero gallego

Javier Armesto Andrés
javier armesto EL QUID

OPINIÓN

Aunque había nacido en Madrid en 1926, Antonio Lamela se sentía «muy gallego», como él mismo me confesó hace algunos años durante una visita a su estudio de la calle O'Donnell, donde todos llevaban batas blancas de laboratorio. Su familia paterna era originaria de una aldea de Castroverde y durante su infancia iba allí todos los veranos, en un viaje que en aquella época anterior a la Guerra Civil suponía dos días en coche: «Almorzábamos en Ávila, dormíamos en León, al día siguiente comíamos en Lugo y por la tarde llegábamos a Castroverde», recordaba. Dos años antes de conseguir el título, el joven Antonio empezó ya a trabajar como arquitecto, promotor y constructor. En una España todavía encerrada en sí misma, sus proyectos residenciales y turísticos, con una arquitectura novedosa de corte internacional, supusieron un soplo de aire fresco.

Lamela fue un pionero: diseñó uno de los primeros autoservicios del país, el primer edificio de viviendas con aire acondicionado, los primeros pisos con mobiliario de cocina ya integrado, el primer motel -El Hidalgo, en Valdepeñas (Ciudad Real)-, la primera oficina-paisaje (sin divisiones en planta)... Qué decir de sus Torres de Colón, en las que hizo realidad lo que parecía imposible: empezar la casa por el tejado.

Contemporáneo de la generación de oro de la arquitectura española -Fisac, Corrales, Sáenz de Oiza, De la Sota...-, defendía los rascacielos pero tenía los pies en la tierra. «La arquitectura tiene que dar respuesta a las necesidades humanas con un coste mínimo, no te puedes permitir el lujo de frivolidades absurdas formales», decía.