Pobres proles


Si hay esperanza, descansa en los proles. Eso decía Orwell. 1984 ya pasó y los proles van camino de convertirse en lumpen, como gusta recordar la aristocracia del Partido. De hecho, sus aristócratas no son proles. A pesar de su peculio, abominan de la descendencia. Algunos incluso son hijos únicos, concebidos y programados para culminar una misión, como la trágica Hildegart Rodríguez Carballeira. 

Hace unas semanas, se firmó en A Coruña un convenio entre la Fundación Barrié y Cáritas, con el objeto de reducir el abandono escolar. Allí, el representante de Cáritas afirmó algo que, no por sabido, resulta menos estremecedor: El mayor riesgo de pobreza en España radica en tener hijos.

Los proletarii eran los ciudadanos romanos de clase más baja. Solo comenzaron a ser útiles para Roma cuando esta accedió a permitirles alistarse en sus legiones, puesto que los ciudadanos propietarios ya no aportaban suficientes hijos. Ironía de la historia, nuestros pobres progenitores, con ingresos por debajo del salario medio español, nutren ahora ese proletariado, aunque trabajen en el moderno sector servicios.

Desde hace bastantes años, incluso desde antes de la crisis del 2008, vengo diciendo que en España solo los tontos tienen hijos. Es una forma de sintetizar una terrible realidad: a las clases integradas -esas que pueden costearse vacaciones y viajes, berlinas de alta gama y hasta fondos de pensiones- no les interesa ser contribuyentes vitales, mientras que las clases excluidas todavía contribuyen. Al nacer estos niños, las ajustadas rentas de sus padres tienen que dividirse con una cabeza más -capite censi, decían los romanos-, y en consecuencia bordean ya la frontera de la pobreza o la traspasan. Si nacen sanos y brillantes, todavía tendrán alguna oportunidad. Pero si nacen enfermos, con diversidad o con una inteligencia común, a poco que la fortuna se tuerza, caerán.

No. Los seres humanos no nacen iguales. Esta es la mayor falacia de la historia contemporánea. Es ominosa hasta como presunción jurídica. Cuando veo a bebés de padres proles me embarga la zozobra, sobre todo si me cruzo con otro de los escasos ciudadanos integrados, que solo renuncian a comodidades para tenerlo. Y es aquí donde entra en juego la Justicia. Los humanos, a diferencia de otros animales, nos rebelamos contra las crueles leyes de la naturaleza -physis-, por las cuales los débiles han de morir sin perpetuarse. Por eso nos hemos dado normas -nomos-, para vivir sin los constantes temores primarios. Normas que garantizan el socorro mutuo ante la adversidad. Pues bien, nuestro Estado debe garantizar que ningún prole orwelliano vea cómo sus hijos son carne de abandono escolar, debiendo garantizarles llegar al máximo de su potencial, tal como exigen los tratados internacionales suscritos. Solo de esta forma puede romperse el diabólico círculo de la pobreza, que convierte a los proles en lumpen. De ello depende la salvación de nuestra infecunda res publica.

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