Bares rurales


Pasear por una aldea ofrece en la mayoría de las ocasiones el mismo escenario deprimente: calles y casas desiertas. Algún anciano resiste estoicamente sentado en un banco a la puerta de su casa o asomado al balcón esperando que pase alguien para cruzar algunas palabras. «Los pueblos se quedan sin escuela, sin cura, sin médico y ahora empiezan a desaparecer también los bares», escribía hace ya algún tiempo Manuel Mandianes, el antropólogo que ha paseado el nombre de su aldea natal, Loureses, por congresos de medio mundo, y la ha convertido en referente de un mundo rural en trance de desaparición. Que se vayan cerrando los pequeños bares rurales, antaño también colmados donde se vendía de casi todo, significa mucho más que la pérdida de un pequeño negocio. Puede ser la puntilla que marque la extinción definitiva de decenas de aldeas que agonizan y el abandono total de cultivos y bosques. Cuando las aldeas tenían vida, la gente se encontraba en la barbería, en la forja, en la herrería o en el molino. Poco a poco fueron quedando solo los bares. El bar es el ágora del mundo rural, un local de socioterapia donde se resuelven y se disuelven las emociones. En el bar late el corazón del pueblo, es el espejo de la vida del pueblo. Son también afirmaciones de Mandianes, escritas en diferentes momentos, que ayudan a hacerse idea de la trascendencia de que desaparezcan estos locales. «Tendremos que irnos a otro pueblo, pero como la mayoría somos viejos y no tenemos coche o nos amarga conducir, nos quedaremos aislados». Es la queja de gente que se queda sin su último lugar de reunión. Con timidez, han empezado a escucharse voces que reclaman exenciones de impuestos para los bares rurales. Parece una muestra de frivolidad, pero puede ser una de las últimas oportunidades para evitar la desaparición de un mundo que se extingue.

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