Falderos y piripis


Portugueses e italianos no se sienten identificados con el retrato que el presidente del Eurogrupo, Dijsselbloem, ha realizado de quienes tenemos la fortuna de vivir en el sur europeo. Considera que nos gastamos el dinero en alcohol y mujeres y después pedimos ayuda. Por eso sus gobiernos han exigido la dimisión inmediata del mandatario europeo, quien no rectifica porque se malinterpretaron sus palabras. 

Al Gobierno español, en cambio, no parece haberle desagradado tanto la definición, porque se limitó a pedir una rectificación por lo bajinis. Debe de preferir que nos tache de piripis y falderos, que siempre es más entrañable y hace menos daño. Por lo visto, nuestro Gobierno tiene asumido que las calles españolas rebosan de seductores, ligones y borrachines que tan pronto se nos acaban los posibles acudimos al socialdemócrata Dijsselbloem a rellenar los bolsillos en vez de hacer bueno eso de estilo Ribadeo, «cada un paga o seu», que sería lo razonable.

Lo que hizo ese señor de tan complicado nombre ha sido una foto exacta de lo que es la UE a día de hoy. Lo que nuestros compañeros de viaje opinan de nosotros y, por tanto, de lo sincera que es la unión y de lo bien que nos llevamos todos.

Hoy veremos en amor y compañía al susodicho besuqueándose con los mandamases de los países falderos y piripis en el 60.º aniversario de la firma de los tratados fundacionales de la Unión Europea. Es lo que se lleva en Europa. Hipocresía, farsa, fingimiento y engaño en aras de una unión que se nos cae a pedazos. El portugués Costa, socialista como el susodicho, dijo que «en una Europa en serio, el señor Dijsselbloem ya habría dimitido». Bien dicho, sí, señor. En una Europa seria. Porque esta es una carnavalada.

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