Miedo en el cielo


Ahora parece increíble. Pero hubo un tiempo en el que los pasajeros fumaban en el avión, se perfumaban usando una botella de colonia formato ducha que se habían traído de su casa e incluso se cortaban las uñas en su asiento. No es que ninguna de estas actividades sea loable, pero hemos viajado de un extremo al otro. Ahora Estados Unidos y el Reino Unido vetan las tabletas y ordenadores en vuelos procedentes de Oriente Próximo y el Magreb. Se trata de una prohibición selectiva, una forma de convertir la soberbia en ley. Las autoridades estadounidenses y británicas no se fían de los controles de los aeropuertos de ciertos países. Quizás tengan razón y hayan descubierto a personas preparadas para causar una masacre aérea con dispositivos electrónicos. Aunque los atentados han demostrado que no hace falta tanta tecnología para matar en proporciones industriales. Los terroristas del 11S se prepararon y no necesitaron más que armas blancas para golpear el corazón de América (sus vuelos, por cierto, eran internos, no provenían de desiertos remotos ni de montañas lejanas, que diría Aznar). Lo asesinos de Niza y Berlín utilizaron camiones. Si hay suficiente odio en el depósito, el resto es fácil. Tan horrible como sencillo.

Pero no solo queda la acusación implícita de incompetencia. Las nuevas restricciones tienen otra traducción. El peligro son los otros; la amenaza es un producto importado. Y esa reflexión se tambalea cuando se repasan las nacionalidades de muchos de los monstruos recientes. Por esa lógica, habría que extender el veto a los vuelos procedentes de Francia y de Bélgica. De la Unión Europea al fin y al cabo. No pocos miembros de los gobiernos de EE. UU. y del Reino Unido estarían encantados. Más miedo. Menos cielo.

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