Ser o no ser


Esa es la cuestión. Acta non verba. Necesitamos, ya, hechos, no palabras. Resultados. Nadie puede invocar su propia negligencia como excusa. Los países también renuncian a luchar, a resistir. Hacen que hacen algo, enredan, pero se dejan arrastrar por la abulia. Galicia, Asturias, España... Cada trimestre sube un mes la senectud colectiva. Cada año, menos parejas fértiles. Acumulamos más deuda que recae sobre menos espaldas jóvenes. Así no será extraño que huyan para librarse de una perpetua servidumbre. Nadie los podrá culpar. ¿Para qué contribuir, para qué cotizar? Huyamos, huyamos de esta tierra estéril, de este infecundo país, que aspira a pagar pensiones endeudándose aún más.

Yo digo no. Digo no a la rendición preventiva. Digo no a la cobardía. No a la ñoñez. No a las excusas. No a la deserción y no, mil veces no, a la derrota preventiva, al autogenocidio. El dilema es claro: ser o no ser. Hoy, quien más puede hacer por todos es quien puede dar vida nueva para regenerar nuestra tierra y decide darla. Patriótico. Nada debe exigírsele a quien nada puede dar, a los enfermos, a los desempleados, a los trabajadores precarios. Tampoco a los ancianos, que ya dieron más que nadie en peores condiciones. Pero no todos somos enfermos, ni estamos desempleados o precarios, ni somos ancianos. Que cada cual se retrate. Aquí no vale la evasión ni la elusión como en los impuestos. Todo es transparente.

Pero, si optamos por ser, necesitamos un fuerte liderazgo moral. Un liderazgo basado en la sabiduría y el ejemplo. De nuevo ejemplaridad. De Gaulle, 1945, Gobierno provisional francés, con los republicanos y los socialistas de la SFIO, precedente del PSF. Este Gobierno patriótico de concentración crea el INED -Instituto Nacional de Estudios Demográficos-. ¿A quién eligen para reflotar la alicaída demografía gala desde finales del XIX? A un señor llamado Alfred Sauvy, un estadístico y economista, que presidirá el INED hasta 1962, y que ya viene estudiado de casa, por lo que sabe prescribir. Un señor que muestra por qué las élites republicanas francesas no se parecen a otras presuntas élites, y por qué Francia, pese a sus problemas, es una potencia digna de emular. Un señor que, siendo consejero del Gobierno de 1938, dimite ante la locura de instituir la semana laboral de 40 horas, viendo la amenaza parda que desafiaba a Francia. Todo un hombre, todo un carácter, toda una autoridad, en el sentido clásico de la auctoritas romana. Y De Gaulle, Sauvy y Jean Monnet reflotaron la República.

Un estadista no piensa en las siguientes elecciones, sino en las siguientes generaciones. Monnet, primer alto comisario del Plan Nacional francés, también nombrado por De Gaulle, y posterior artífice de la Europa Unida. ¿Algo remotamente parecido por aquí? O tempora, o mores, diremos como Cicerón. Corruptio optimi pessima. Nihil novum sub sole. Nada nuevo bajo el sol hispano. Sálvese quien pueda. O busquemos otra trinidad tipo De Gaulle-Sauvy-Monnet.

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