La televisión y la misa


Pocos recuerdan que el término laico es cristiano, y que su uso primigenio no distingue al creyente del agnóstico, sino a las personas consagradas del llano pueblo de Dios. Los monasterios estaban llenos de laicos (o legos). Y el Concilio Vaticano II aún dedicó buena parte de sus constituciones a revalorizar la función de los laicos en la Iglesia. Lo correcto sería que la expresión Estado laico fuese sustituida por Estado no confesional, para hacer justicia a los primeros cristianos que, sin más armas que la aceptación de su martirio, inventaron e impusieron la libertad religiosa. Porque Roma, a pesar de su sincretismo religioso, tenía por oficial y obligatorio el culto al emperador. Y fue una lástima que en el siglo IV, cuando Constantino elevó el cristianismo al rango de religión oficial, los cristianos no tuviesen la suficiente lucidez para renunciar a ese regalo tan envenenado.

Si recordásemos estas cosas, también sabríamos que el hecho de que el Estado no sea confesional no significa que los ciudadanos no puedan ser, masivamente, religiosos. Y por eso los Estados están obligados a considerar un servicio público que sus ciudadanos -en España se definen como católicos 39 millones- tengan facilidades para la práctica libre y pública de su religión, cualquiera que esta sea. Conviene decir, además, que en esto no hay nada discriminatorio, ya que, de la misma manera que los aficionados del Real Madrid tienen derecho a paralizar el eje de la Castellana para acceder al Bernabéu, y a que la policía vele por su seguridad, en España también se vigilan los espléndidos cultos de la Semana Santa, los cutres desfiles del Entroido santiagués, los botellones, las manifestaciones anti OTAN, los saraos independentistas y la procesión del orgullo gay.

Pero en esta España tan laica y moderna, tan acomplejada e inculta, con una estética tan roñosa y con tan escaso sentido de los procesos de construcción de su identidad y cultura, el único enemigo a batir es la Iglesia católica, que en términos objetivos es el principal actor de nuestro teatro histórico. Por eso el astuto Iglesias, consciente de que ahí sigue habiendo un poder sólido y no manipulable, acaba de proponer que la misa, tan esencial para los que no pueden acudir a los templos, sea borrada de la TVE, y que su tiempo se añada a las galas drag queen, a la tomatina de Buñol y a las borracheras de los sanfermines.

Yo, como católico, estoy muy de acuerdo con Iglesias. Porque me gustaría regresar a una comunidad capaz de evangelizar y mantener sus obras sociales sin ayuda del Estado. Pero en mi condición de político no puedo aceptar que un Estado democrático se desentienda del actor más importante, cooperador y numeroso que existe en España. Y no porque crea en Dios, que también, sino porque soy demócrata, liberal y nada sectario.

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