Con traje militar a su medida, Nikolái Kolya Lukashenko, asiste al desfile militar. Saluda a la tropa con su mano recta, el codo levantado, mientras se toca la sien. Al lado de su padre y rodeado de uniformados cuya pechos fuertes no se doblan por el peso de las medallas. Kolya nació en el 2004. Desde comienzos del 2011, sus retratos se suceden como simpáticas escenas entre la política y el corazón. Es sujeto de cierto periodismo que sonríe ante la presencia, casi inédita, de un niño en las sillas y los pasillos de la gran política mundial. Como si Kolya Lukashenko fuese una pieza más del abigarrado gabinete de curiosidades del autoritarismo de nuestro tiempo.
A Kolya lo hemos visto chocando su mano derecha con la correspondiente de Hugo Chávez. En un retrato que se hizo en la Casa Blanca, de izquierda a derecha vemos: Michelle Obama, Lukashenko papá, Lukashenko hijo, Barak Obama. En el Vaticano, también de izquierda a derecha: Lukashenko papá, Lukashenko hijo, el papa Francisco a la derecha. Mientras caminan por una alfombra gris: Vladimir Putin, papá Lukashenko al centro, Kolya a la derecha, vestido con traje militar. Y hay mucho más: Kolya con el presidente de Armenia, con el presidente de Bolivia, introduciendo el voto de su padre en la urna, con el patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Bielorrusia. Es Kolya, precoz estrella de la política.
De su padre suele decirse que es el último dictador de Europa. Como se sabe su expediente es grueso: gobierna Bielorrusia desde 1994. Ha ganado las elecciones con abultados porcentajes: de todas partes han llovido los señalamientos sobre el carácter fraudulento de estos procesos. El padre de Kolya persigue a los periodistas, cierra medios de comunicación. En el 2010, ordenó detener a siete de los nueve candidatos que se le oponían en una elección. Las evidencias del modo en que practica el nepotismo son cada vez más elocuentes. Los señalamientos de corrupción, cada vez más escandalosos.
Pero Lukashenko papá es un hombre de desafíos. Quizás el de mayor repercusión simbólica ocurrió el día en que sentó a Kolya en la Asamblea General de Naciones Unidas. Cuando el padre apareció con el hijo, los de protocolo, sin saber cómo reaccionar, lo sentaron en la sala. Papá Lukashenko, una vez más, se salió con la suya.
Mientras, Kolya cultiva su gusto por las armas. De vez en cuando, se le ve con una pistola al cinto. En particular, una recubierta de oro que le regaló el presidente de Rusia. Por ahora es un niño, que pronto dejará de serlo. Las armas también cambiarán: las de juguete serán remplazadas por armas de verdad: de las que matan. Y el pequeño Kolya, porque para ello le están preparando, será el segundo en la dinastía Lukashenko, mesiánica familia salvadora de Bielorrusia.