Los mensajes simples son venenosos

Antonio Izquierdo TRIBUNA

OPINIÓN

07 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Por las tuberías de la comunicación ha circulado un relato mutilado acerca de las migraciones en la crisis. El mensaje, en sintonía con los deseos de las telemasas, juega con la esperanza y con la rabia de los consumidores. Por un lado, se anuncia que los extranjeros se han ido y que el depósito de foráneos se ha vaciado. Por el otro, se afirma que se ha producido un éxodo de españoles jóvenes y cualificados. Hay que impugnar ese relato si no queremos despertarnos, el día de mañana, en el país de los desengaños.

Es un hecho que durante la crisis los flujos migratorios no se han doblegado. Es cierto que se han marchado muchos, una media anual de 400.000 personas entre el 2008 y el 2015, pero no lo es menos que otros tantos han llegado. Así que el resultado de ese potente movimiento de entradas y salidas es que el depósito de foráneos se ha mantenido. Tanto es así que al inicio de la recesión había 6 millones de inmigrantes y ocho años más tarde tenemos 6,1 millones de foráneos empadronados. Representan el 14 % de la población que vive -pero no ha nacido- en España.

La composición nacional de las corrientes de entradas y salidas tiene más misterio. Un tercio de los españoles que emigran cada año son extranjeros que se han nacionalizado. Y solo 3 de cada 10 emigrados españoles que tienen entre 20 y 35 años han elegido como destino un país europeo o uno desarrollado. Unos 50.000 españoles entraron en el último año, pero se fueron 100.000. Aceptemos que las estadísticas oficiales subestiman las salidas de españoles nativos, sin embargo, hasta no disponer de una medida más fiable, no nos precipitemos equiparando este caudal con el éxodo emigratorio de 1960.

Para acabar de rebatir el retrato mutilado diremos que los inmigrantes que han resistido a la crisis forman parte de la estructura de esta sociedad. Lo confirman su arraigo y su naturalización. Llevan residiendo en España una media de 13 años, según la Encuesta de Población Activa y, desde el año 2000, se han nacionalizado 1,5 millones de personas de origen extranjero. Dicho de otro modo, no son aves de paso, ni ha disminuido la cantidad de inmigrantes, sino que lo que crece es el número de españoles de origen extranjero.

De estos datos se deduce que existe un orden migratorio con cierta autonomía respecto de la economía. Y que existen motivos sociales poderosos para movernos de un país a otro, tales como la seguridad familiar, la ambición de formarse o el esfuerzo por procurar que la vida tenga presente y futuro. El nivel de los flujos durante la crisis indica que hemos ingresado, de modo irreversible, en el club de la globalización migratoria. Por último, la existencia de un éxodo emigratorio y una masiva fuga de cerebros es una verdad percibida, pero no medida.

Todo lo anterior confirma que hay un desencuentro entre narraciones y mediciones. Y que los relatos mutilados nos abocan, como se ha visto en el brexit, a un comportamiento político esquizofrénico. La conclusión es que los mensajes simples son un veneno cultural en nuestras sociedades complejas.