Que se hagan oír


Cuesta lo suyo y es difícil de asumir que hasta los descerebrados tienen derecho a la libertad de expresión. Cuesta tanto que en ocasiones corremos el riesgo de pasarnos de frenada y situamos ese derecho en el plano de delito que nos lleva inmediatamente a impedir que puedan ejercer tan extraordinaria conquista. La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír. 

Ya nos ocurrió con los titiriteros, los raperos, los tuiteros y alguna podemita, cuando se situó fuera de la ley lo que muchos entendimos como un derecho de libre opinión. Pero entonces se actuó con obcecación y escasa reflexión y quizás fue eso lo que ha motivado que también en esta ocasión nos lanzásemos a la yugular sin pensar, insisto, por mucho que nos duela, que los fanáticos, ignorantes e impresentables también pueden opinar. Resulta llamativo que los que entonces estaban a favor de la opinión libre hoy estén en contra.

No es necesario decir que Hazte Oír produce náuseas y que le mueve el resentimiento. Pero esto no implica que les privemos del derecho de decir las estupideces que quieran. Lo del autobús naranja es uno más de sus disparates, que les ha salido a pedir de boca porque ni en sueños imaginaban que la campaña les resultaría tan rentable.

Los que nos escandalizamos cuando se pidieron dos años y seis meses de cárcel por hacer chistes sobre la muerte de Carrero Blanco volvemos a hacerlo ahora al invocarse comisión de delitos por una campaña que a muchos no nos sorprende viniendo de quien viene. Pero eso no significa que tengamos que privarlos de que se hagan oír.

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