Maldito algoritmo


El algoritmo, esa humilde regla para realizar ciertos cálculos, es ahora mismo uno de los conceptos más denostados del planeta. Hace poco, el ex primer ministro italiano, Matteo Renzi, arremetió contra los populistas de Beppe Grillo y les lanzó lo que consideraba un terrible insulto:

-¡Son un algoritmo, no un partido!

Desde que las grandes corporaciones tecnológicas recurren a los algoritmos para procesar la información que generosamente les regalamos con nuestro perpetuo toqueteo del móvil, los conspiranoicos habituales la han tomado con el algoritmo. Algunos hasta le han atribuido la victoria electoral de Trump, como si las matemáticas tuviesen la culpa de lo que vota un airado granjero del Medio Oeste.

Todo esto le haría mucha gracia a Al-Juarismi, el matemático y astrónomo árabe del siglo IX que da nombre al malvado algoritmo. Al-Juarismi también nos legó otra palabra con mejor reputación: álgebra. El álgebra lo mismo sale en el Quijote que en Hora de aventuras, esa extraña y maravillosa serie de dibujos animados en la que cuando algo es fabuloso Finn y Jake dicen que es algebraico.

En la gran novela de todas las novelas, cuando don Quijote le propina una paliza a Sansón Carrasco en su papel de Caballero de los Espejos, el bachiller busca refugio en un pueblo, «donde fue ventura hallar un algebrista, con quien se curó». Y es que, además de un matemático, un algebrista puede ser también lo que en Galicia se conoce como compoñedor.

Tal vez esas grandes redes en cuyas manos hemos puesto nuestras vidas tengan más de algebristas que de algoritmos. Sobre todo si leemos la tercera acepción de algebrista que da el Diccionario: alcahuete.

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