Solos

José Francisco Sánchez Sánchez
Paco Sánchez EN LA CUERDA FLOJA

OPINIÓN

Parece que hay un acuerdo creciente en que nuestra cultura produce soledad. Esta percepción asoma por todas partes desde hace unos años: el progresivo aumento de las personas que viven solas, la caída del número de almas que se adscriben a algo -militantes, miembros de clubes o asociaciones, asistentes a ceremonias religiosas, etcétera-, la referencia habitual a la epidemia de soledad que padecen los adolescentes, porque la de los ancianos ya está asumida. La lista podría alargarse. Hasta en el manifiesto -que más bien parece una gigantesca disculpa- que acaba de publicar el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, se alude a esas manifestaciones, aunque también él omite la más básica: la soledad de los sin familia, de los que han sido abandonados por el padre, por la madre o por ambos, los abandonados por el esposo o la esposa, los que no tienen a nadie que les quiera incondicionadamente, esos que pueblan con sus voces insomnes las madrugadas radiofónicas.

Existe una soledad buena, creativa e incluso imprescindible para construir algo con otros. Una soledad valiente, sin miedo al silencio que nos enfrenta a nosotros mismos. Quizá la falta de esa soledad genera la mala, la que puede ir matándonos poco a poco en medio de un torbellino de amigos virtuales y cientos de «me gusta», pero sin nadie a quien contar lo que nos angustia. En Estados Unidos, según las encuestas, decrece cada año el número de personas en las que se confía, poco más de uno, y se trata casi siempre de familiares.

Al principio de su manifiesto, Zuckerberg parece sugerir que vayamos más a misa y leamos más periódicos. Pero enseguida se ve qué entiende por misa y por periódicos. Empieza por F.

@pacosanchez