Fábula de la princesa y la rana


Desde que es del dominio público que los reyes son los padres, ya nada es lo que era y estamos preparados para descreer de todos los cuentos, incluso los que puedan decir la verdad: la transición fue un montaje programado desde dentro del régimen saliente para perpetuarse en el entrante; el rey emérito sufría el síndrome del Dr. Jekyll y Mr. Hyde; las aspirantes a reina ya pueden ser plebeyas; los premios Príncipe de Asturias han cambiado de sexo... y, por fin, tenemos una princesa heredera. No porque se haya abolido la Ley Sálica que se lo impide a la primogénita si tiene un hermano varón, sino porque el azar así lo dispuso. En fin, que el relato de la Corona española la describe muy parecida a la sociedad donde reina, pero con la tranquilidad de quienes se saben a cubierto. Porque por mucho que lo proclame el abogado Roca, a la monarquía no se la mide por el mismo rasero que a la ciudadanía de a pie y a estas alturas de lo que hace nada era el futuro, seguimos rindiendo pleitesía a un estamento dominante cuyo mayor mérito tiene que ver con el ADN paterno y su presunta capacidad áurica para ostentar la jefatura de un Estado moderno, democrático, laico, garantista de derechos y lleno de buenas intenciones, como recoge nuestra Constitución. 

España ha cambiado mucho, sí, pero sigue pareciéndose bastante a la de antes en cosas muy básicas. Y quién sabe, a lo mejor es una suerte, porque si no hubiera Ley Sálica, tal vez sería reina de España la infanta de mayor edad y su heredero sería el temible Froilán. O tal vez lo sería su hermana menor, en caso de que a ella se la hubiera considerado menos idónea. Y es precisamente por esa falta de exigencia a la Corona de cumplir con la igualdad plena de derechos entre mujeres y hombres, que no estamos asistiendo a un escándalo aún mayor tras conocerse la sentencia del caso Nóos que exime a la ex duquesa de Palma de cualquier culpa por los delitos que cometió su consorte. La dimensión se hace asumible y desde altas esferas se escucha un respiro de alivio por el buen juicio (dicho sea con segundas) que venimos de conocer, porque quién va a negar que habría sido muy difícil apartar de la familia real a una reina, y a su esposo, como se hizo en su día con la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin para no contaminarse con un affaire propio de teleseries de segunda.

Hemos pasado de los cuentos de hadas a los trhillers de psicópatas y hoy las niñas ya no quieren ser princesas, las ranas han dejado de soñar con convertirse en príncipes y en este país ya nadie cree en los pajaritos de colores, diga Roca lo que diga, que para eso le pagan.

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Fábula de la princesa y la rana