Galicia, la última frontera

Nieves Abarca LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

09 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Si hiciésemos en nuestra tierra un spin-off de Star Trek, podría empezar tal que así: «Galicia, la última frontera. Un grupo de irreductibles celtas en el noroeste de España (por aquí se cuela Astérix haciendo una finta) se niega a montar una semana de novela negra». Sí, están leyendo bien. Galicia es el único sitio de la península que no tiene jornadas de novela negra. ¿Qué está ocurriendo aquí, señoras y señores? ¿Somos acaso ajenos al bum de la novela negra? Esa que llena los estantes de las librerías, que copa los premios literarios, esa que puede resucitar a los muertos con mucha más gracia que el género del terror o la mismísima Biblia. No, no estoy de broma: tan capaces de revivir a Sherlock Holmes tras caer por una catarata suiza, a Lisbeth Salander con su tatuaje y sus pepinillos, o de traer de vuelta a la Barcelona posolímpica al detective gallego Pepe Carvalho, los escritores noir somos unos personajes peculiares que necesitamos nuestras jornadas para poder nutrirnos y crear así nuevas y oscuras aventuras.

Es curioso, Galicia está de moda en la novela negra: el último Planeta y el Nadal se desarrollan en nuestra tierra, por ejemplo. Por eso resulta extraña esa reticencia a no celebrar aquí alguno de esos congresos. Un escritor de novela negra podría recorrer España saltando de certamen en certamen y caería estrepitosamente de bruces al llegar a Pedrafita. Extraño, sí, pues no hay tierra más noir, más borrascosa y llena de misterio que la nuestra, con nuestros temporales, nuestro viento derribacubiertas, nuestras leyendas milenarias, nuestro queso de tetilla, nuestro pulpo, los percebes. Todo eso los escritores de novela negra lo apreciamos en lo que vale, todo. Los temporales y los percebes sobre todo. ¿Por qué se nos niega ese placer? ¿Qué clase de pecado hemos cometido para que Galicia se resista de tal modo? En general somos buenas personas. No decimos palabrotas, no destrozamos los muebles de los hoteles como los de Oasis, comemos bien, somos agradecidos y cuando nos levantamos devolvemos la silla a su sitio. Alguno hasta se prepara las charlas (los menos, estoy segura), otros hablan de sus abuelas y huevos fritos, las mujeres protestamos porque nos ponen juntas a comentar «nuestras cosas», y al final nos vamos de cena y de copas y al hotel de vuelta con pijama de Supercoco y asalto al minibar.

Visto así, la cosa no promete mucho, lo sé. Pero… ¿y lo que luce una ciudad con Semana Negra? ¿Vamos a ser menos que Gijón? ¿Menos que Cartagena? ¿Menos que Granada? ¿Menos que Cubelles? ¿Menos que Barcelona o Madrid?

Desde esta atalaya hago un llamamiento a las autoridades competentes. Hoy en día sin un certamen de novela negra no somos nada. Necesitamos uno cuanto antes. Es urgente. Perentorio. No podemos seguir así, en la última frontera.