La media sonrisa de Recep Tayyip Erdogan

Nelson Rivera CAMPO DE PRUEBAS

OPINIÓN

08 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Recep Tayyip Erdogan no se mira en el espejo: se planta ante él. Como si se desafiara a sí mismo. Levanta un poco el rostro y verifica: su media sonrisa se mantiene intacta. En su punto, perfecta e incierta a un mismo tiempo. Inasible. Como todo lo que está a medio camino: dudoso. Y es que de ello trata su biografía política: de un arte que consiste en hacerse borroso: un ir y volver entre el islamismo y el laicismo, entre Putin y Merkel, entre Oriente y Europa, entre comprar petróleo al Estado Islámico y luego bombardearlo; que hoy elogia y mañana silencia la figura de Mustafá Kemal Ataturk; que un día se ofrece como aliado razonable para la lucha contra el terrorismo y, apenas unas horas más tarde, agita el pantano -no las aguas- de la pena de muerte.

Cuesta imaginarlo: el señor de su elegancia, que mira a su alrededor desde una altura superior a un metro y ochenta centímetros, convoca a un mitin dominical, haciendo uso de todos los recursos del Estado turco para exigir el restablecimiento de la pena de muerte en Turquía, recién abolida el 2014. Erdogan, hombre de detalles, ordenó la compra de cinco millones de botellas de agua para calmar la sed de los asistentes: no la sed de muerte, sino la que provocan horas coreando consignas como: «Ordénanos morir y lo haremos».

Antes y después de esa concentración multitudinaria, Erdogan puso en movimiento una campaña en plazas y paradas de transporte público: quizás la más costosa y virulenta promoción de la pena de muerte en lo que va del siglo XXI. También en este caso el hombre de la media sonrisa ha apelado al uso de un argumento a tres bandas: le ha dicho al Parlamento, que es el pueblo quien quiere la pena de muerte. Su frase: «Si el Parlamento aprueba la pena de muerte, lo aceptaré. Aceptaré cualquier decisión que tome al respecto. Si la gente lo desea, los partidos deben respetar su opinión».

Y es que la noche del 15 al 16 de julio del 2016, la media sonrisa de Erdogan se trastocó en mueca: estaba de vacaciones cuando una llamada telefónica le anunció que un golpe de Estado estaba en proceso. Desde ese día, la mueca se le ha instalado en el rostro como una marca. No cualquier marca, sino una de grandes magnitudes: de los casi 80.000 detenidos, más de 36.000 han sido enviados a prisión. Entre ellos hay varios miles de militares, funcionarios de seguridad y jueces. Más de 150.000 empleados públicos han sido destituidos. Más de 3.000 instituciones han sido clausuradas. Casi 200 medios de comunicación han sido prohibidos, cerrados o enjuiciados.

Un cálculo somero sostiene que el resultado de la intentona ha sido el de convertir a medio millón de familias turcas en perseguidas del régimen: el costo de interrumpir la media sonrisa de Erdogan. La media sonrisa del sultán.