Mano tendida, diálogo de sordos


Horas antes de que el señor Puigdemont pronunciase su famosa conferencia en el Parlamento Europeo -125.000 euros en publicidad para que alguien acudiera a escucharle-, don Mariano Rajoy le envió un mensaje: «Busque la mano tendida en lugar de la radicalidad». Hemos escuchado tantas veces esa oferta, que ni sorprende ni emociona: es la predicación en el desierto que gana algún titular de prensa, pero que el destinatario no oye. Es el diálogo de sordos al que ya estamos acostumbrados. Es aquello que dicen los críos: «Habla, chucho, que no te escucho».

Y eso es lo peor de esta España que, según la última filípica de Aznar, se «está desvertebrando». Se inicia una Operación Diálogo y está estancada, a pesar de los esfuerzos de Sáenz de Santamaría, con lo cual aparece formalmente devaluada. El poder central del Estado predica el cumplimiento de la ley, la ventaja de seguir unidos, el peligro de romper en un mundo que no tiene más fronteras que las que imponga Trump, pero el galgo independentista corre alocado hacia su paraíso soñado. Ya no valen de nada los gestos, ni las palabras, ni las intenciones, ni las manos tendidas.

Es que ese galgo corrió demasiado. La invitación de Rajoy lo coge a kilómetros de distancia. No puede parar ni a mirar la mano que le tienden, porque cogerla sería un fracaso. El otro día le preguntaron a Puigdemont en la televisión por la sanidad y el paro, y el presidente respondió que su prioridad es el referendo. El sentimiento de separación es tan profundo en los gobernantes de Cataluña que están dispuestos a no hacer nada por la salud y el empleo de los ciudadanos, porque están dedicados en su integridad a la hoja de ruta y a la consulta popular. Esa es su misión histórica, así la consideran y, si me apuran, esa es su misión celestial.

Desde esa mentalidad, la conclusión es que es tarde para todo. Los catalanes solo quieren la mano de Rajoy para pactar un referendo que ningún Gobierno español puede autorizar… de momento. Rajoy solo puede (y quiere) ofrecer su mano para que los indepes renuncien a sus propósitos. Y así van pasando los días y los discursos repitiendo lo mismo, la misma música, el mismo afán irreconciliable. Estamos en ese punto donde ya no se divisan salidas al conflicto. Si se habla de reformar la Constitución, Rajoy no acaba de ver que sea la solución y los nacionalistas no tienen fuerza para promover el cambio. Si se habla de referendo pactado, ni está ni se le espera. Si el desafío es hacerlo en cualquier caso, solo servirá para más enfrentamiento. Y Aznar, echando gasolina con su teoría de la desvertebración. Lo malo es que no dice cómo se puede volver a vertebrar el país. Lo peor es que quizá tenga razón.

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