Una república bananera


Si Nicolás Maduro se rodeara en la presidencia venezolana de sus más próximos familiares, la comunidad internacional dedicaría las 24 horas del día a ilustrarnos sobre los populismos. Si además situara a sus amigos en los puestos clave de la Administración, diríamos que era un déspota asqueroso. Si Evo Morales amenazase con abrir una guerra comercial ya estaríamos todos rebuscando en sus carencias psicológicas. Si Corea del Norte amenazase con un nuevo conflicto bélico, le haríamos llegar un trasatlántico de amenazas y a Rafael Correa, por aceptar la intervención externa en las elecciones, nos faltaría tiempo para deslegitimarlo; a él y a todos los ecuatorianos. Como si el norcoreano Kim Jong-un advirtiese que pretende destruir la UE y la OTAN, o el griego Tsipras amenazase con levantar un muro contra la inmigración. Nos faltaría tiempo para irnos al diccionario de los insultos y ultimátums.

Pero como quien ha reunido todas las amenazas, temores, chantajes y groserías es el presidente de la primera potencia mundial, pues estamos a la espera de se haga bueno y rectifique sus pretensiones. Ya nos dijo el ministro Alfonso Dastis y lo corroboró el banquero Draghi que a Donald Trump hay que darle una oportunidad y juzgarlo después.

Pero existen datos suficientes para saber que sus actuaciones van a superar incluso sus bravuconadas. Nada nos indica que pueda rectificar, después de lo que hemos visto. Uno no se deshace con facilidad del matonismo y la grosería si lo lleva tatuado en su ADN. Y Trump no parece tener intención de rectificar.

Horas después de que el rey de reality ocupe el despacho oval, solo tenemos una certeza. La de que Estados Unidos está a un paso de dejar de ser una república federal constitucional para convertirse en una república bananera. Y como tal habrá que tratarla.

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