Fusión entre rejas


En el 2011, Bruselas autorizó la nacionalización de NCG Banco. El 16 de enero del 2017 la puerta de la cárcel de A Lama se cerraba tras los directivos de la antigua Caixanova, condenados a dos años de prisión por gestión desleal. Habían modificado las condiciones de sus previstas e inmediatas jubilaciones tras una forzada convergencia con Caixa Galicia. Han pasado dos años y medio desde que Banesco tomó el control de NCG Banco y creó la marca comercial Abanca, tiempo sobrado para sustanciar el proceso judicial contra los que hoy son ya presidiarios de cuello blanco. Parece claro que la orden de encarcelamiento busca dar satisfacción a la necesidad de castigos ejemplarizantes y este, sin duda, lo es.

Caixanova paga el peaje de la pésima fusión de las cajas gallegas, no solo con su desaparición, sino también con el descrédito y la humillación de las personas que la representaban. Es evidente que las razones legales están ahí, pero también los claroscuros de un suceso que nos llevó a perder activos, señas de identidad y marca de país. Debería servir para aprender cómo no hay que hacer las cosas. Ya lo había advertido Gayoso: «La fusión de las cajas gallegas va a ser la más compleja». En lo ocurrido, el árbol del dinero tapa las ramas de la política.

Caixanova y Caixa Galicia se fusionaron para salvar a esta última a costa de que las arcas públicas -nosotros- pusiéramos 9.000 millones de euros. El Banco de España supo desde el primer momento la gravedad de la situación y se opuso a la incorporación del ya jubilado José Luis Méndez al Consejo de Administración constituido en octubre del 2010, rechazando sus condiciones para entrar. Se había jubilado con 16,5 millones entre indemnización, pensiones y otras prestaciones, sin incurrir en delito por hacerlo escasos meses antes de la fusión. En una causa posterior abierta contra él y sus hijos, fueron declarados inocentes porque solo podía achacárseles mala gestión.

La mala gestión consistió en politizar las decisiones y convertir a Caixa Galicia en la versión gallega de Caja Madrid primero, y luego Bankia, con consejos de administración donde la voz de los representantes políticos y sindicales era enormemente poderosa, con menor preocupación por la cuenta de resultados que por la de favores. Méndez sabe demasiado de los entresijos de la política gallega durante los 29 años que estuvo al frente de la caja del norte. No fue el único, pero sí fue un actor principal. Por él y por lo que él representó se forzó una fusión mal planteada que se puede resumir en cuanto peor, mejor.

El tiempo pasa y no se ve el resultado de aquel invento, más allá de la satisfacción que pueda producir este castigo en diferido en un pueblo maltratado y dolorido por preferentes, hipotecas abusivas, tarjetas ensuciando las manos de políticos, sindicalistas y técnicos, y lucro sin fisuras para malos gestores -así reconocidos-. En estos días de la ira, la ausencia de Méndez clama al cielo.

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