La huida de Federico


El matorral de la huida de Federico Trillo de la embajada de Londres no debe impedirnos ver el bosque en el que se resguardan quienes hasta el último momento defendieron la actuación del exministro. Con dos excepciones. Los comportamientos ejemplares de los miembros del Consejo de Estado, con Romay Beccaría al frente, y el de la ministra Cospedal.

Porque fueron muchos los que usaron todos los ejércitos a sus disposición en defensa del exembajador. Y lo hicieron durante años. Desde el «eso está ya sustanciado judicialmente. Ocurrió hace muchísimos años», del presidente Rajoy, hasta «las urnas lo han absuelto», de todo un ministro de Justicia; o quien se preguntó si habría que desterrarlo a Perejil. Al final, la presión los derrotó a todos y abandonaron a su protegido que, dolido y quizás ofendido, se va de donde ya se iba a ir tras verse señalado como un apestado.

Cierto es que la tragedia del Yak- 42 está sustanciada judicialmente y que las urnas rehabilitaron a Trillo. Pero el dictamen del Consejo de Estado otorga responsabilidad moral a quien no movió un dedo ante las reiteradas advertencias del mal estado de los aviones y al ser asumida y reconocida esa responsabilidad por el Gobierno conceden otra dimensión al caso. Trillo lleva huido trece años en una actitud de cobardía inconcebible. No asomó la nariz ni cuando los militares que cumplieron sus órdenes fueron condenados. Por eso tampoco lo hará ahora.

La salida de Londres de Trillo y su incorporación al órgano que motivó su huida no puede significar el cierre de este infortunado episodio, impropio de una democracia avanzada. Por mucho que suponga un alivio para su partido y para los muchos correligionarios que lo jalearon durante años. La salida ha de ir acompañada del reconocimiento de su responsabilidad en la tragedia. Para que no se diga que Trillo arrastra un comportamiento indigno.

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