La idea de construir el Titanic, que se hundió, nació en 1907. Se cumple en este año recién iniciado, pues, una efemérides que los demócratas debemos festejar. Ciento diez años distan entre una brillante idea y su hundimiento. Todo sucedió en una fiesta que Lord William James Pirrie, presidente de los astilleros Harland and Wolff, daba en su mansión de Londres. Tras la opípara cena, Bruce Ismay, presidente de la naviera White Star Line, y el anfitrión James Pirrie, charlan sobre sus negocios navales. Resultaba preciso competir con el Mauretania y el Lusitania, de la compañía Cunard Line. Aquellos eran los mejores barcos de entonces. Entre brandi y brandi, los jerarcas deciden ponerse manos a la obra y construir no solo uno, sino tres barcos que compitiesen en prestaciones y confort con los de la Cunard Line. Se llamarían, en honor a las tres razas de la mitología griega (olímpicos, titanes y gigantes) Olympic, Titanic y Gigantic. El resto de la historia ya la conocemos: en el viaje inaugural, el barco se hundió. Podemos y sus adláteres, que en Galicia se llaman mareas, guardan varias similitudes con el Titanic. En primer lugar, la idea. Fue buena. Y plausible. Y llenó de ilusiones muchos de los rincones de España. A ello contribuía que el telediario de TVE, la televisión pública, empezaba día sí y día también con noticias de los muchachos reunidos en asamblea universitaria en la Puerta del Sol madrileña. Era un soplo delicado de aire limpio. O eso parecía.
Se organizaron, alimentaron una estructura de partido político y acudieron a las elecciones europeas con notable éxito. Éxito era una palabra que iba adherida a la marca Podemos. Gobiernan Madrid, Barcelona, Compostela y A Coruña. Se sacan la camisa por fuera, llaman «ciudadano Felipe» al Rey y como discrepes con su dogma te señalan con la marca del zorro.
Y ese es el problema. Que no soportan ningún disenso. Ni de los de fuera, que escribimos lo que pensamos, ni de los de dentro. Lo del final de este pasado año es para guardar en la hemeroteca con subrayador de oro. Errejonistas, pablistas y anticapitalistas. Es difícil que la sonrisa, o la carcajada, no acuda a la boca.
Han convertido en categoría ontológica aquello que es, con toda su simpleza, un guiño de los malos tiempos. Llegaron con la crisis y con la marcha de la crisis, digo, se irán.Por eso señalo este 2017 como el año en que el podemismo y sus acólitos tocaron el cielo de la nada. Se disiparán. Cruzándose mensajes zaheridos en las redes sociales, que son sus redes. Preocupándose por los adversarios internos y no por la gente (¡la gente!) a la que deben servir.
Son un partido descompuesto que muestra en esplendor todo lo que algunos hemos denunciado desde el principio: su intolerancia y su sectarismo.
Cuando en 1907 James Pirrie y Bruce Ismay idearon el Titanic ignoraban su dramático final. A errejonistas, pablistas y anticapitalistas (olímpicos, titanes y gigantes) les pasó lo mismo.