El año bifronte -dramático y torpe- 2016

OPINIÓN

Visto desde Siria, Irak, Libia o Venezuela, o desde los barcos que patrullan el Mediterráneo, o desde el África arrasada por el terrorismo, los señores de la guerra y las élites corruptas, el año 2016 fue dramático, perfectamente comparable con las guerras, hambrunas y desórdenes que han asolado el mundo en el último milenio. Pero visto desde Europa y EE.UU., con la perspectiva que ofrecen el brexit, Trump, los nacionalismos, la extrema derecha, el populismo, el independentismo y el cabreo impostado de las sociedades más ricas y libres del mundo, el año 2016 debería ser recordado como el Año de la Gran Estupidez, en el que las sociedades democráticas encontraron esperpénticas disculpas para coquetear con el desorden constitucional, con los líderes autoritarios y con las falsas promesas.

Para los países del primer grupo, víctimas pasivas de una historia de abusos, dictaduras y colonialismos, el año 2016 no es más que un eslabón añadido a su cadena de desgracias, y un tiempo para olvidar. Pero para nosotros, que pertenecemos al mundo más libre, igualitario y opulento de la historia, el año 2016 es un año para recordar, y no solo por ser el momento en que hemos vuelto a coquetear con los fantasmas del nacionalismo insolidario y desmemoriado, sino porque, si le perdemos el control a este juego de riesgos y chalaneos, y damos con los huesos en otro desastre, el recuerdo del 2016 será una perfecta lección sobre lo que puede suceder cuando un tumor benigno y mal diagnosticado se pone en las manos atrevidas de brujos y curanderos.

Sé muy bien que lo mismo que yo describo como una peligrosa degradación del orden democrático y de la conciencia cívica occidental puede ser, para otros, una revolución popular que revitaliza nuestras entumecidas políticas. Y por eso no quiero rebelarme contra un modelo democrático que, después de generar las correspondientes alarmas, también debe garantizar ese derecho al suicidio que algunos pueblos persiguen insistentemente desde el inicio de la historia. Pero lo que en ningún caso deberíamos permitirnos es hacer una injusta y mentirosa mezcolanza entre los terribles dramas de las sociedades masacradas y empobrecidas, y la estupidez opulenta y desfigurada de los países ricos, que, para combatir el aburrimiento propio de la áurea normalidad democrática, nos entretenemos con revoluciones y revivals que, servidos con el jocoso protocolo de un carnaval rompedor y pasajero, al que siempre debe seguir una cuaresma reparadora, nos ponen en riesgo de perder el control -que siempre nos parece inmutable- sobre los demonios de nuestra civilización. Porque el problema de Europa no es la miseria, ni el terror, ni la falta de libertad, ni la crisis de la democracia. Nuestro problema solo fue -recordemos lo sucedido en España- una estupidez solemne y colectiva.