Los que condenaron a Franco, sin dejar una rendija por donde atisbar algo positivo, elogian a Fidel Castro y dicen de él que fue uno de los grandes hombres del siglo XX; los que elogiaron, y sienten aún nostalgia de Franco, condenan a Fidel Castro como el último gran dictador y tirano del siglo XX. ¿Quién tiene razón? Los dos fueron dictadores; los dos mataron a muchos enemigos mediando exclusivamente juicios sumarísimos o ni remedo de juicio; los dos dominaron a sus pueblos con mano de hierro y bota claveteada. Ni con Fidel, ni con Franco, nadie tenía libertad de pensamiento, ni de cátedra, ni de expresión. Pero Fidel Castro encarnó los ideales de la juventud inquieta y que deseaba la justicia y la igualdad, alfabetizó y llenó de médicos y licenciados Cuba, y Franco venció al que, para muchos, fue el enemigo mayor de la humanidad en el siglo XX, el comunismo; reconstruyó económicamente España e implantó la paz después de épocas convulsas. A los que ahora, después de la muerte de Fidel, condenan a uno y absuelven a otro, sin paliativos, sin matices, no hay por qué tenerles tanto miedo como a ellos dos, porque no tienen el poder que ellos tuvieron; pero su alma es dogmática como la de ellos. Su mal radica en que son incapaces de apreciar la complejidad de la vida y lo ven todo tan simple como su mente, corta como la cola de un conejo.