El soldado que soñó una red social

Un combatiente belga convirtió los periódicos en su Facebook. Y La Voz le publicó un «post»


Redacción / La voz

Llega una postal del frente. La envía un soldado belga. El remitente explica que en tiempos de paz solía leer La Voz y que tiene «vivos deseos» de «poseer perfectamente el idioma español». Así que ruega la inserción de una nota en el periódico, porque quiere mantener correspondencia «con quien guste dirigírsela, y cambiar tarjetas postales con vistas». Aunque la historia no es nueva -van dos años de combates en Europa y la comunicación entre tropas y madrinas de guerra es habitual-, es llamativa. Así que el director la manda directa a la primera página. Quizás, a causa de esa decisión, en un cajón de alguna vieja cómoda, en cualquier casa de Galicia, descansen hoy cartas con la firma M. Lapeau.

Pero hay más. La postal es una pequeña pieza de la historia. Monsieur Lapeau (nunca escribe ni su nombre ni su inicial) mata el tiempo en la trinchera soñando una especie de red social. Escribe cartas a diarios de medio mundo, sobre todo anglosajones, porque, explica a veces, se siente solo. Y convierte la prensa en su muro de Facebook. En ocasiones se dirige a los directores para pedirles ejemplares, ya que es filólogo y lector impenitente, asegura. Otras veces va más allá -el Forest City Press, de Dakota del Sur, recoge el 20 de septiembre de 1916 una «insolente» petición al responsable de una tabaquera: «Algunos de sus célebres cigarrillos para hacer mis momentos de soledad algo mejores»-. Las más, busca simplemente amistad y aliento para sobrellevar el combate.

Crónica desde Ypres

Lapeau se anima también a contar su experiencia en la Gran Guerra. A The Brooklyn Daily Eagle le envía el relato de su participación en una batalla al norte de Ypres. El diario lo aprovecha en forma de crónica el 27 de junio de 1915 y lo remata con un profundo agradecimiento por su calidad.

El belga se pasa convaleciente buena parte de 1916. El 3 de febrero, en el Vancouver Daily World, que conoce por compañeros canadienses, aparece una nota suya. Solicita ejemplares para que los heridos se entretengan. Y aprovecha: «Algún lector suyo estará interesado, sin duda, en el destino de un soldado solitario». El 11 de agosto, The Hartford Republican, de Kentucky, lo sitúa aún en el Hospital Belga de Avranches, en Normandía.

 Justo tres meses después insiste en The Australasian, de Melbourne. «Soldado belga, solitario, educación universitaria, desearía cartearse con persona australiana, intercambiar postales y objetos científicos».

«Una amiga»

The Ottawa Journal aporta una gran novedad el 6 de diciembre. Titula: «Un belga solitario ha encontrado una amiga». Miss C. Howard lee en ese periódico una de las notas del soldado. Le escribe. El Journal publica la respuesta de Lapeau. «Estoy muy contento de mantener correspondencia con usted [...]. Soy un hombre joven de cultura refinada», le dice a la chica. Le explica también que no tiene familia. Aunque es difícil saber si hubo más señoritas Howard, parece más que verosímil.

La última comunicación conocida sale el 24 de octubre de 1918 en el Los Angeles Evening Herald. «Aquí hay una oportunidad para mantener correspondencia e intercambiar souvenirs con un soldado belga solitario [...]. Tiene 29 años y vivió en Estados Unidos».

En los archivos del Museo Real del Ejército belga solo existe un soldado con su apellido: Georges Lapeau, nacido en Sweveghem, un pueblo valón, el 19 de diciembre de 1886. La edad no se corresponde por poco. Es también el único Lapeau que figura en el registro de caídos en combate, que solo añade a la información anterior una fecha: 14 de octubre de 1918. Diez días antes de la nota del Evening Herald. Faltaban 28 para el final de la contienda.

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