¡Que no te enteras, Pablo, que no te enteras!

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Saliendo este jueves del Congreso, tras haber negado Podemos, sus confluencias y los nacionalistas el aplauso protocolario al discurso del jefe del Estado en la sesión solemne de apertura de las Cortes, Pablo Iglesias practicaba su deporte favorito, del que ya demuestra tener mono: hablar y hablar sin parar ante las cámaras.

Los periodistas que cubrían el acto preguntaron lógicamente al gran representante de la gente por qué razón él y los suyos habían decidido desairar de forma tan despreciativa al jefe del Estado (¡incluso en el momento en el que citó a las víctimas del terrorismo!) y fue entonces cuando el gran representante de la gente demostró una vez más, por si hiciera alguna falta, que no hace, que no entiende en absoluto qué es una democracia constitucional: «Nosotros no estamos aquí por ser hijos de nadie ni por tener sangre azul», proclamó Iglesias: «Nosotros tenemos mucha más legitimidad porque a nosotros nos vota la gente».

¡Pues va a ser que no, señor Iglesias! La razón por la que el líder de Podemos y los restantes diputados de su partido estaban en la sesión de apertura de las Cortes es exactamente la misma por la que estaba allí el jefe del Estado: porque así lo dispone la Constitución, cuyo artículo 66.1, según el cual las Cortes Generales representan al pueblo español, no vale constitucionalmente ni más ni menos que el 1.3 («La forma política del Estado español es la monarquía parlamentaria») o el 57: «La corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón». Esos tres artículos, como todos los demás de la Constitución, fueron aprobados, con una mayoría jamás conocida en la historia de España, por las Cortes Constituyentes (también, sin reticencias, por los diputados del PCE, que ahora reniega de la ley fundamental) y todos fueron confirmados por el voto de los ciudadanos cuando se celebró el referendo de la única Constitución española ratificada por el pueblo.

Felipe VI tiene la plena legitimidad que nace de esa Constitución. ¿Quiere ello decir que hay que ser monárquico? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Se puede ser, obviamente, monárquico o republicano, se puede ser republicano y defender la funcionalidad política de una monarquía sin poder político alguno e incluso se puede, como la inmensa mayoría de los españoles, pasar ampliamente de una cuestión tan rancia como hoy irrelevante (la de la forma de gobierno) que carece en toda Europa desde hace más de medio siglo de la más mínima importancia, pues los sistemas políticos de las monarquías parlamentarias funcionan igual (cuando no mejor) que los de las repúblicas parlamentarias: basta comparar Italia y Gran Bretaña.

¡Conviene dedicar algún tiempo a estudiar, señor Iglesias! Y, sobre todo, conviene no olvidar que, según el conocido pensamiento de Abraham Lincoln, se puede engañar a todos una vez, a uno todas la veces, pero no a todos todas la veces.