Tiempo tendremos para analizar los efectos que sobre el mundo tendrá la presidencia de Donald Trump, sobre si Europa va a ser capaz o no de hacer frente a sus delirios y sobre la repercusión que en los inmigrantes ocasionarán sus políticas xenófobas. Vamos a disponer de años. Pero deberíamos comenzar por analizar, lo más fríamente posible, a los más de cincuenta y nueve millones y medio de votantes que apoyaron en las urnas a un bufón y matón de barra de club de carretera.
Y solo hay una explicación. Lo que ha triunfado en Estados Unidos es el voto de la ira. El de la indignación y la rabia por el rumbo que toma esta sociedad. Ha triunfado el voto de la furia por la distancia que existe entre los gobernantes y los gobernados. Ha sido una ruptura en toda regla entre ciudadano y política.
Estamos hablando con excesiva ligereza del voto hispano, de los votos ocultos, de los exabruptos de Trump, de que la candidata Clinton obtuvo más apoyos y del voto de los blancos, pobres y rurales, cuando deberíamos de hacerlo de cómo la mitad de electores estadounidenses entienden el futuro. Y lo que han hecho esos electores, apoyando a un extremista, populista, misógino y racista, ha sido rebelarse contra los Gobiernos económicos que nos imponen las nuevas formas de hacer política, la globalización tal y como está avanzando, el cambio de valores, las nuevas ideologías y las dinastías políticas. Las élites han sido destrozadas y el establishment, despedazado.
Hay que analizar, con realismo y rigor, la victoria de la ira. Y ver que detrás de ella se refugia una gestión errónea de la crisis económica que deja más desigualdades, más paro y más trabajadores pobres. No es solo Estados Unidos; estamos viendo situaciones similares, aunque no tan decisivas, en otros países. También aquí al lado. Y si no somos capaces de entender eso vamos directos al fracaso. Porque ya nos advirtió Dryden que tuviésemos «cuidado con la ira de un hombre sufrido».