Feijoo encontró un filón en defensa propia. Con su mayoría absoluta reestrenada, en la sesión de investidura volvió a tirar del discurso de la estabilidad y la mayoría en contraposición con los arreglos de conveniencia. Sobre los intentos de gobiernos en minoría de Santiago, A Coruña y Ferrol, armó el presidente de la Xunta la respuesta al estreno de Luis Villares en el Parlamento de Galicia.
El líder de En Marea llega con cero antecedentes y por tanto sin responsabilidad personal por los broncos períodos anteriores que el candidato popular le pudiese afear. También entra con un nulo bagaje de gobierno y, por lo tanto, tampoco se le podrá reprochar mácula alguna. Pero de lo que difícilmente podrá desprenderse Villares, en su arrogado papel de defensor de la «xente do común», es de su familia política. Y ahí fue donde mordió Núñez Feijoo. Le recordó que está emparentado, por ejemplo, con el alcalde de A Coruña, de quien dijo que puede darle una buena nota en educación y cortesía, pero no en gestión. Más incisivo fue cuando le preguntó si es Ferrol el espejo en el que quiere mirarse para construir esa sociedad en la que la gente tenga más fácil ser feliz. Ferrol, donde el endeble acuerdo con el PSOE saltó por los aires en poco más de un año. Se permitió Feijoo citar al regidor de Santiago para recordarle al heredero del escaño de Beiras que unas veces hay discursos fáciles y otras está la realidad.
Villares no puede incumplir el mandato de sus 272.000 votos, que le exigen un control férreo y quizás una crítica feroz a Feijoo. Pero no se puede pretender que valgan más esos votos que los 676.000 del PP. Ni en el Parlamento ni en la calle. La cuenta es: una persona, un voto. Todos iguales.