Todo muy previsible


No es Mariano Rajoy hombre que nos tenga acostumbrados a grandes sorpresas; y menos a sobresaltos. Y ayer volvió a hacer gala de esa cualidad suya. En el nombramiento del nuevo Gobierno se refleja la personalidad de Rajoy. Todo era muy previsible. Las salidas de Fernández Díaz, del «verso suelto» Margallo, y de Morenés. Hace tiempo que en todas las quinielas se apostaba por ellas. Tanto como por la llegada de Dolores de Cospedal y de Álvaro Nadal, así como la asunción de nuevas competencias de De Guindos y de la permanencia de Fátima Báñez y Tejerina. Todo lo demás, excepto Juan Ignacio Zoido en Interior, son cuestiones menores.

Desde el PP le habían pedido a Rajoy que rejuveneciera el Ejecutivo y ampliara las carteras; la oposición le exigió un Gobierno dialogante y hasta los que escriben a su dictado le propusieron que olvidara a sus amistades y los favores prestados; cuestión imposible cuando se trata de Cospedal.

Las caras nuevas no hacen pensar en una revolución en la forma de entender la gestión del país, ni en la de relacionarse y dialogar ante cuestiones tan enrevesadas como pueden ser Cataluña, la nueva tanda de recortes que exige Europa, la financiación autonómica, los acuerdos con los agentes sociales y frenar la sangría del paro, por citar algunas cuestiones urgentes. Y las que ya había sabemos lo que dan de sí. Rajoy nombró un Ejecutivo para hacer frente a un mandato que será mucho más placentero de lo que muchos vaticinan. Un Gobierno de continuidad. Todo muy previsible.

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