Dicen que las ratas son las primeras en abandonar un barco cuando se hunde y eso es lo que hacen los líderes de organizaciones criminales ante la llegada de las fuerzas del orden, como los dirigentes de Daesh ante el avance coordinado de los peshmergas kurdos, las tropas iraquíes y las milicias iraníes hacia Mosul bajo el paraguas aéreo de la coalición internacional. Tras la vergonzosa desbandada del Ejército iraquí ante la entrada de unos miles de terroristas en junio del 2014 y tras más de dos años de infierno para la segunda ciudad más importante de Irak, los maslawis afrontan lo que se prevé una larga batalla para liberarse de quienes han torturado, mutilado y asesinado a decenas de miles de personas y han profanado todos los lugares sagrados de aquellos que no son como ellos. La denominada batalla de Mosul se anuncia larga, sangrienta y extenuante. El enemigo en retirada ha dejado un paisaje sembrado de minas y pozos llenos de gasolina que incendia para dificultar la visión de los aviones y se teme que utilice a la población civil como escudos humanos para retrasar lo inevitable, el fin de Daesh y su reino de terror. Los estrategas creen que los terroristas se atrincherarán en la orilla oriental del río, donde se ubica el complejo entramado de callejuelas del casco antiguo, mientras dejan la ribera occidental libre para facilitar la huida de sus afines hacia Raqqa, en Siria, su último bastión. Los maslawis tendrán que revivir el horror de la última guerra, del 2003, pero es probable que el verdadero infierno bélico esté aún por llegar.