Fráncfort


Cada otoño, desde hace treinta y cuatro años, acudo puntualmente a la Feria del Libro que se celebra en esa ciudad alemana. Era y sigue siendo la capital mundial de la cultura editorial. Para mí siempre es una fiesta del libro, que se renueva canónicamente, un alborozo compartido desde los primeros viajes que concluían con juguetes de madera y calendarios de Adviento que traía para mis hijos pequeños, hasta la emoción contenida de sentirme arropado con los miles de libros en todas las lenguas conocidas que conforman mi soporte intelectual, catálogo emocional que sigue intacto como el primer día.

En Fráncfort sufrí el marco a ochenta pesetas, cuando pasar una semana en la capital del Meno era una aventura disparatada por los precios imposibles de una ciudad en ferias con miles de visitantes. Desde allí me trasladé a Berlín para ser testigo de cómo mudaba la historia con la caída del muro, y celebré años después la fiesta cívica de la reunificación de las dos Alemanias compartiendo la inmensa alegría de un tiempo nuevo que cicatrizaba las ultimas heridas de la vieja Europa.

Mantuve charlas infinitas con los viejos emigrantes que habían hecho el camino de ida en los años setenta e iniciaban el retorno con el comienzo del nuevo siglo. Conversaciones idénticas a las mantenidas con los chavales ilustrados, muchos de ellos universitarios, que tuvieron que expatriarse, tomar el relevo de sus antecesores en los primeros años de la actual década.

Y un día llegó el euro y el espejismo de la unificación económica nos hizo soñar hasta creernos alemanes. De igual a igual, pensábamos, sin aguardar la devastadora crisis económica que nunca intuíamos.

Y los libros seguían siendo nuestra memoria mientras veíamos cómo se levantaba el nuevo skyline en el corazón financiero, como treinta años atrás había visto cómo se coronaban las espadañas de la catedral y el centro histórico recuperado por el tesón germánico que levantó la ciudad de sus cenizas.

Me sorprendió el anuncio del libro electrónico, del que nunca fui temeroso y no lo consideré una amenaza, mientras la feria de Fráncfort seguía convocando a los letraheridos y defensores del papel como soporte imbatible.

Y desde aquí, desde un hotel justo al lado del centro comercial, del Zeil, escribo, y constato cómo una nueva y muy joven generación, que es legión, de editoras y editores, renuevan el discurso cultural afianzando el libro como vehículo vertebral de la inteligencia.

Y recuerdo que fue en las noches glamurosas del Frankfurter Hoff donde conocí y hablé con Umberto Eco, con Günter Grass o Roberto Calasso, y regreso a la mañana en la que con mi añorado Carlos Casares acompañamos a José Saramago la víspera de concederle el premio Nobel.

Todo eso y mucho más es mi memoria sintética de la Feria del Libro de Fráncfort, ya plenamente instalada en la cultura de Internet, pero manteniendo todavía el viejo ritmo artesanal de Aldo Manuccio, que desde la Florencia renacentista editó los viejos textos de Platón y de Aristóteles para disfrute ilustrado de la humanidad.

Espero volver el año próximo, para por lo menos completar siete lustros y contar de nuevo el placer de sentirme feliz entre los libros. Que Dios me oiga.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
17 votos

Fráncfort