Fráncfort

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

22 oct 2016 . Actualizado a las 10:37 h.

Cada otoño, desde hace treinta y cuatro años, acudo puntualmente a la Feria del Libro que se celebra en esa ciudad alemana. Era y sigue siendo la capital mundial de la cultura editorial. Para mí siempre es una fiesta del libro, que se renueva canónicamente, un alborozo compartido desde los primeros viajes que concluían con juguetes de madera y calendarios de Adviento que traía para mis hijos pequeños, hasta la emoción contenida de sentirme arropado con los miles de libros en todas las lenguas conocidas que conforman mi soporte intelectual, catálogo emocional que sigue intacto como el primer día.

En Fráncfort sufrí el marco a ochenta pesetas, cuando pasar una semana en la capital del Meno era una aventura disparatada por los precios imposibles de una ciudad en ferias con miles de visitantes. Desde allí me trasladé a Berlín para ser testigo de cómo mudaba la historia con la caída del muro, y celebré años después la fiesta cívica de la reunificación de las dos Alemanias compartiendo la inmensa alegría de un tiempo nuevo que cicatrizaba las ultimas heridas de la vieja Europa.

Mantuve charlas infinitas con los viejos emigrantes que habían hecho el camino de ida en los años setenta e iniciaban el retorno con el comienzo del nuevo siglo. Conversaciones idénticas a las mantenidas con los chavales ilustrados, muchos de ellos universitarios, que tuvieron que expatriarse, tomar el relevo de sus antecesores en los primeros años de la actual década.